Cuando Jsp empezó a trabajar temporalmente como cajero en la ferretería pensó que iba a ser un trabajo bastante mecánico y aburrido. Pero necesitaba el dinero y estaba bien.
Sí que es verdad que el trabajo era bastante igual cada día, pero ¿qué ocupación no lo es?. En cuanto a lo de aburrido...
Los primeros días resultaron bastante agobiantes y cargados de estrés. A la responsabilidad de trabajar con un dinero que no era suyo se le unía su desconocimiento (y desinterés) total de todo lo relacionado con ese ámbito. Vamos que cuando entró a la tienda apenas sabía distinguir una bombilla de un destornillador...y le pedían tacos nosécomo de tal numero...
Al cabo de un par de días empezó a aprender que aquel hierro con forma de “ele” se llamaba “llave Allen” y que si tanta gente lo compraba era porque tenía alguna utilidad. Aprendió también que las “bridas” no son sólo las cuerdas con las que se ata a los caballos sino que también son esos “chismes” (nombre genérico con lo que nuestro amigo designa a todo aparato de bricolaje seguido de la especificidad: “con forma de....que sirve para...”) de plástico con forma alargada que sirven para atar cosas. Llegó aprender qué es el atomizador del grifo (=”chirimbolo que se pone en la punta del grifo”) o por donde estaba el papel de lija.
Pero claro no todo es tan sencillo. El segundo día de trabajo le piden un pulpo y Jsp pensó: “No le voy a decir que se ha equivocado y que eso lo venden en las pescaderías” y riendo suelta: “Pregunta en el mostrador del fondo y si sobra un poco que te den un platito para mi que hay un hambre...”.
La cara del individuo le hizo pensar que había metido la pata. Luego resultó que el jodido pulpo no era más que una goma con ganchos en los extremos que sirve para asegurar cosas. Eso y que nuestro amigo debía ser el único ser humano que lo desconocía.
Después de tal ridiculazo se juró que por extraño que fuese lo que le pedían pondría cara seria y enviaría al demandante a “hablar con los ferreteros”.
Con lo cual, y aquí empieza nuestra historia, el día que mientras cobraba a varias personas, un individuo entra en la tienda y pregunta por un “frenillo” nuestro amigo lo envió al mostrador de dentro mientras pensaba: “Debe ser algo de los frenos de algo. Cuando salga “con el frenillo en la mano” me fijo para otra vez”. El hombre en cuestión se acerca al mostrador lleno de gente y le suelta a un dependiente:
- ¿Tienes frenillo?.
El pobre hombre todo rojo no sabe que responder:
- Mmmm buenooo sí, ahora miro a ver si queda alguno. ¿Para qué dijo que lo quería?.
- Pa calentar...
Ni que decir tiene que el “frenillo” en cuestión, era un “hornillo” o “infiernillo”...¡Normal!.
Pocos días después mientras Jsp atendía a varias clientas entra un señor de dientes enormes y orejas salidas pidiendo veneno de rata. Nuestro amigo piensa con hilaridad: “Se querrá suicidar”. Pero se limita a decir que no tienen. El dueño de la tienda (y amigo suyo), mientras mira al hombre fijamente le indica:
- Salga por la primera a la derecha y al llegar a la plaza encontrará una ratonera.
¿Ein??. Jsp se echó a reír.
- Perdón quiero decir: una droguería donde venden el veneno.
Apenas el cliente había llegado a la puerta que el jefe suelta:
- ¡Menuda cara de ratón que tenía el tío!.
En otra ocasión entra una pareja de chinos riéndose como casi siempre que entran los chinos. (*Pregunta: ¿Porqué se ríen siempre los chinos? igual no se ríen y es “que son así”...). Entran y le dicen al ferretero:
- Quielo una cosa que no ché como che diche polque che me ha loto una cosa que no ché como che lama. ¿Tú tiene?.
El hombre haciendo esfuerzos por no reír:
- Hombre pues es posible. Aquí hay muchas cosas. ¿No puedes ser algo más concreto?.
- De aliba, de aliba.
- ¿Se te ha roto el vecino de arriba?.
- No vecino no, de aliba. Eto. Ya ta.
Como es evidente resultó ser que se les había fundido una bombilla y querían otra...Claro.
Una mañana entra un abuelete y pregunta a nuestro amigo el cajero:
- ¿Tienen trampas para los ratones pero que no los maten?
- ¿Quiere sólo asustarlo un poco?.
- No es que verá: se ha escapado el hamster de mi nieta por la cocina y no hay forma de pillarlo. No sabemos que hacer.
- Si me permite un consejo es muy sencillo. Usted se lleva una ratonera normal...y luego compra otro hamster: total todas las ratas son iguales: le será menos complicado. Y seguro que su nieta ni se da cuenta.
El hombre se fue no demasiado convencido.
Una tarde de viernes un matrimonio pide: “Un alargador con vibrador con camilla”. Jsp reprime el comentario (que no la mueca de risa): “La tienda de juguetitos eróticos está algo más arriba”. Pero su jefe enseguida encontró el objeto. Tratábase de un simple atomizador del grifo con un tubito en el extremo. Por lo visto en Uruguay y alrededores ese es su nombre...Por supuesto...
Otro día entra un chino:
- Cola pala lata.
- Bien ¿y qué tipo de lata es? ¿es una lata muy gruesa?. Tengo el “Super glue”, el...
- No, pala lata.
- Pues eso que depende del tamaño de la lata.
El chino con evidente impaciencia:
- No lata no. Lata. Matá lata. Puggg. ( y hace una mueca).
- ¿Pegamento para matar ratas?. No, de eso no tenemos.
En otra ocasión dos chicos argentinos van a comprar carbón para una barbacoa. Uno de los dependientes, que es bastante...”peculiar” por llamarlo de alguna manera, les suelta.
- Con tanto carbón vais a comer toda la vaca. Hasta el rabo.
En este punto se hace gracia a si mismo y sigue:
- Jejeje, os vais a comer hasta el rabo, os vais a comer hasta el rabo...
Y lo repite cuatro o cinco veces más. Los jóvenes con evidentes signos de malestar no saben que hacer y el cajero le replica:
- ¡Adolfo!. Tú vigila que no te coman el rabo a ti. Y vete a trabajar.
Además de estas situaciones y aparte de las situaciones normales de la gente que quiere silicona, lija o tornillos lo pagan y se lo llevan (básicamente la normalidad habitual de la tienda) en “Ferre...te ríes”, que es como nuestro amigo Jsp llama a su lugar de trabajo hay una clientela fija un tanto...”especial”:
Un albañil argentino más sonado que el bombo de Manolo que va muy muy agobiado a comprar chorradas que no necesita, se enfada si le devuelven monedas de céntimo de euro y las rechaza con cabreo.
Otros albañiles sudamericanos que resultan plomazo hasta el agotamiento con su “suavidad”: “Helmano tu me hases el deccuento ¿veldad?”.
Un abuelete octogenario castellano facha y joputa hasta decir basta que siempre se mete con el dependiente “peculiar”. Este buen hombre de apariencia tranquila siempre va: “A ver a mi abuelito. Jou jou jou” que es el tal dependiente. En una ocasión el hombre, hasta el moño del viejo, se puso a dar vueltas por la tienda mientras el otro arrastraba arrobas, años y cayato detrás: “Abuelito ven pacá que yo a ti te quiero mucho”. Otro día el viejazo le da dos coscorrones en la “frente despejada hasta el cogote” (la calva, vamos) y el otro casi le estampa la persiana de cerrar en la cabeza mientras el dueño y Jsp se morían de la risa.
Aunque el mejor de todos es “el abuelo de la cinta aislante”. Un señor que dos e incluso tres veces a la semana va a comprar un rollo de cinta aislante. Siempre haciendo una defensa enconada del Barça y del catalán y diciendo:
- Es que yo gasto mucha cinta aislante. Usted no se lo imagina. Es que se utiliza para todo.
En la tienda hacen apuestas: que si la guarda en todos los cajones en plan “Síndrome de Diógenes” pero con cinta Tesa, que si la pierde, que si envuelve los muebles con ella, que si hace manualidades, que si la cuelga del techo para atrapar moscas, que si se la echa a la ensalada para darle color...
Una tarde entra una abuela a pedirle a uno de los ferreteros que cambia cerraduras que amenazase por teléfono a su sobrino ya que siempre conseguía entrarle en casa. Según ella: “Si ve que le amenaza un hombre le dará miedo”. Como, tras quince minutos, no convenció a los ferreteros fue a hablar el con el cajero, que no se puede mover de su sitio. Y allí estuvo casi una hora: que si: “Mi sobrino de 50 años me entra a robar”, que si “La mujer se pone mis bragas. Hace tiempo que no compra ninguna, que yo lo sé”. E intentando que el cajero amenazase al sobrino cincuentón y a su mujer “fetichistogerontófila”. Como no consiguió nada se marchó indignada.
En otra ocasión mientras los ferreteros despachaban una abuela que esperaba deja escapar una sonora ventosidad (“pedo vulgaris”, vaya) y mirando para otro lado: “Huy parece que se está bien aquí”...*Más ligerito sí, sin duda...
Pero lo mejor estaba por llegar y nuestro amigo Jsp cada vez observaba más a cierta clientela hasta caer en la cuenta que debía ser por los calores del incipiente verano que...
Una tarde en menos de una hora:
Entra un joven veinteañero deprisa. Se para en medio. Extrañado mira a su alrededor y dice: “Si esto es una ferretería”. Se cruza con un hombre cuarentón de gafas oscuras ochenteras (a lo secretaria del “Un, dos, tres, vamos). Este se queda junto al mostrador del cajero y da una vuelta sobre sí mismo mirando las paredes y el techo. Al salir hace una especie de mueca de despedida al cajero.
A los pocos minutos entran tres paquistanís.
- ¿Tú tiene reló?.
- No, aquí no vendemos relojes, no.
- ¿Y poqué tú no vende reló?.
- Le estoy diciendo que aquí no vendemos relojes. Tiene que ir a una relojería.
- ¿Y ese?-Señala el reloj de pared de la tienda”-
- No ese es para que yo sepa cuando tengo que cerrar.
- Yo quiero ese reló.
- No, ese no se vende y aquí no vendemos relojes.
- No entiendo poqué tú no quiere vendé reló.
Se van enfadados.
Mientras el cajero le cuenta esto a su jefe y amigo suena el teléfono:
- Ferretería...¡Dígame!.
- ¿Esto es una librería?.
- No. Lo siento. Se ha equivocado. Es una ferretería.
- Entonces ¿no es una librería?.
- No, ya le he dicho que no que es una ferretería.
- ¿Entonces no tienen libros?.
- No, claro que no porque es una ferretería.
- Ah, bueno. Gracias.
Al rato entra una joven guapa de aspecto normal...(mejor no fiarse que estas son las peores...).
- Hola. ¿Tienes tinte de la ropa?.
- No, aquí no, eso en una droguería.
- Ya sé que en una droguería lo venden. Pero esto me quedaba más cerca.
¿Y si lo que llega a necesitar era una lechuga o una aspirina?...
Todo eso en el intervalo de una hora...
Claro que para momento antológico el vivido por el dueño una tarde de sábado:
Un chino joven y su mujer. Él con un diente en la mano y enseñando un agujero en la boca. Querían “Pegamento de contacto” (“Super Glú 3”, vaya) para poner el diente en su sitio... (¿¿¿EIN???). Y se molestaron cuando no se lo quisieron vender. Según especula la novia del dueño la mujer debía acompañarle para ayudarle a elegir el sabor: “flesa, flutos tlopicales, celeza...”
A los pocos días de esto el cajero asiste alucinado a un diálogo surrealista.
Un señor de color...negro. Pero muy grande y de mucho color...negro comprando unos enchufes.
- ¿Quiere algo más?.
- ¡No!- Escueto mientras mira a través del asustado cajero.
- ¿Le pongo una bolsa?.
- ¡Sí!.
En esto un abuelo que pagaba al lado del gigante caribeño y que no había hecho el más mínimo gesto de conocerlo le pregunta:
- ¿Conoces a N’Ongo?.
- ¡Claro!.
- ¿Y cómo es que le conoces?.
- ¡Todo el mundo conoce a N’Ongo!.
El abuelo, hacia el cajero:
- ¿Usted le conoce?.
- No, es que yo vivo en otro barrio y no.
Al caribeño:
- Tengo que hablar con N’Ongo. ¿Tú sabes dónde puedo encontrarle?.
- ¡Todos quieren hablar con él!. ¡Palacio de la salsa!.
- ¿Dónde está eso?.
- ¿Todo el mundo lo sabe?.
- A mi no me mire que yo no...- replica el cajero.
Los dos hombres salen hablando del tal N’Ongo y de cómo llegar hasta él.
Otro día un cubano que parecía un pergamino y lucía veinte anillos de oro en las manos así como pendientes, pulseras, cadenas y gafas de oro, se enfada porque en esa ferretería no venden despertadores...
Otro día un ciudadano del Este se enfada también porque el cajero no le quiere hacer un descuento del 70% en una espátula de aluminio...
Otro día un heroinómano que siempre entra a pedir monedas intenta robar una pila de petaca mientras el cajero cobra a unas clientas. Y como este se abalanzara sobre él y se la arrancara de la mano el hombre suelta:
- Pues ya no vuelvo más a comprar...
Casi cada día algo nuevo.
Se supone que por el verano, o por la zona: el Raval de Barcelona, pero da para mucho...
La última:
Una mujer china hoy mismo: quería una pieza de una máquina que no había en la tienda. El dependiente la envía a otro sitio cercano.
- En la puerta pone: “Rodamientos y cojinetes”.
La mujer repite varias veces para cerciorarse:
- “Lodamientos y cojonetes”...
Jsp no se iba a hacer rico en ese trabajo y muchas veces terminaba con dolor de cabeza o muy cansado, pero podía disfrutar de momentos impagables.
¿Qué ocurrirá mañana en Ferre...te ríes?.
NOTA: todas las situaciones explicadas en esta crónica han sido reales: el autor no posee tanta imaginación como para inventarlas...
BIENVENID@
"Que los caminos se abran siempre a tu encuentro, que el viento sople siempre a tu espalda, que el sol brille templado sobre tu rostro, que la lluvia caiga suave sobre tus campos.
Y que, hasta que volvamos a encontrarnos...Dios te guarde en la palma de su mano".
(Bendición Celta)
27 junio 2007
18 mayo 2007
SEMENTEIRA
Noche de jueves. Acabo de llegar de estar con unos conocidos.
No es tarde ni pronto. Nada especial. Curioseo por Internet antes de dormir.
Busco música de Milladoiro. Me gusta.
Escribo: “Fuxan os ventos”. Y aparece ella. Sólo al ver la palabra un escalofrío me recorre el espinazo del alma. La escucho.
Aquella canción...Hacía tanto tiempo...
Hace muchos años la tocaban en todas las fiestas del pueblo. Fue mi primer contacto con lo que luego llamarían: “Música Celta”.
“Sementeira”. Música gallega que alegra en las fiestas.
Pero mucho más.
“Sementeira”: mamá plantando repollos y preparando las patatas de la siembra.
“Sementeira”: papá con sus botas de goma, inmensas, regando entre los millos.
“Sementeira”: voltear la hierba con las “espalladeiras”. La mía de madera.
“Sementeira”: cargar la hierba en el carro en el Porto da Meda.
“Sementeira”: mi primera borrachera un día de julio volviendo de recoger hierba en la Veiga con sólo 5 años. Trompazo al “bajar de cabeza” del tractor. Risas de la concurrencia: “o menino está borracho”.
“Sementeira”: pisar la hierba en el pajar de la Josefa, con Kiko y Ale tirándonos desde la ventana y jugando enterrados entre la hierba.
“Sementeira” el cabezazo contra el filo de la puerta (y chichón que me duró un verano) por ir corriendo con mamá a echarle la comida a los cerdos.
“Sementeira”: As Mallas.
“Sementeira”: el ruido de la máquina que, en la era de Majar, separa el grano de la paja y el cascajo.
Mientras mis ojos están clavados en la pantalla viendo, desde estas imágenes, las imágenes reales que yo viví hace no tanto tiempo. Mientras en mi cerebro las notas de esta bella canción hacen revivir las voces de los míos y de mi infancia:
“- Papá Gregorio: ¿cómo se llama esta flor?
- Son las zapatillas del cuco y si las arrancas el cuco queda descalzo y no puede cantar”.
“- Tú quédate ahí, bonito, y si viene alguien a quitar el agua le dices que estamos regando en la Pía”.
Mientras todo eso pasa todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo están erizados como lanzas. Tanto que hasta me hace gracia sentir los la barba así. La piel está más áspera que el papel de lija y un reguero de lagrimones baja tranquilo por mi ojo derecho.
“Sementeira”: un caluroso día de Majas bajando con Kiko y Alejandro (los tres) en el burro de la Josefa por el Concello e irnos cayendo uno a uno.
“Sementeira”: la primera vez que fui al Teixo con Papá Gregorio. Mi manita se agarraba a su dedo índice mientras me explicaba orgulloso cada cosa que nos rodeaba y me enseñaba la vieja choza de pastores que había construido él”.
“Sementeira”: el calor del verano sacando saínchos en la Pía con la boca llena del polvo de la tierra.
“Sementeira”: largas mañanas de verano con Bruja y los primos en el balcón y en la bodega de casa de la Abuelita.
“Sementeira”: ir subido en los hombros de papá sintiéndome grande y poderoso, como un gigante.
“Sementeira”: la primera vez que un cerdo enorme me pisó y casi me parte el pie.
“Sementeira”: escuchar las historias del Tío Manuel en el “soalleiro” mientras el Papá Gregorio me daba un caramelo. De aquellos que “crecían” en sus bolsillos...
“Sementeira”: jugar en el corral del Tío Santiago.
“Sementeira”: ir a ver a la Tía Matilde o a la Tía Encarnación que siempre nos daban algo y nos estampaban un beso mojado en la mejilla.
“Sementeira”: robar manzanas verdes y coger moras volviendo del río.
“Sementeira”: peleas de inseparables amigos con Meres y largas charlas “trascendentales” con Luis.
“Sementeira”: el color gris de los pajares de granito.
“Sementeira”: el color verde de la puerta de casa y la enorme llave vieja.
“Sementeira”: el rojo de los carros y el verde intenso de los rincones de faíntos (helechos) cercanos a fuentes de agua fresca.
“Sementeira”: el tacto rasposo de las hojas de los millos y el olor dulzón de sus cañas.
“Sementeira”: ortigarte las piernas y frotar luego con la aromática “hortelana” (menta silvestre) que es el único antídoto.
“Sementeria el aroma de la hierba recién segada en los prados y el caliente olor de la paja acabada de salir de las Majas.
“Sementeira”: el sudor de las vacas acarreando la hierba en los carros mientras con una rama fina les espanto las moscas de los ojos.
“Sementeira”: el eje de los carros cantando por el peso de la hierba.
“Sementeira”: el olor a mamá y a papá trabajando la tierra. Y el olor fresco y vivo a la tierra fértil que se deja trabajar por manos expertas.
“Sementeira”: aquella ingenuidad recubierta de burradas que aún tuvimos los niños de entonces. Sin teléfonos. Sin internetes. Sin globalizaciones televisivas. Sin modas. Con bocatas de chorizo, renacuajos que “disecar”, trabajos que hacer en los huertos, abuelos (de quien fuese) que diciéndote: “bonito” en una caricia te daban un caramelo y una lección de sabiduría en cada palabra.
“Sementeria”...
“Sementeira”: vivir en la tierra amando la tierra.
“Sementeira”: infancia que crece feliz respetando, escuchando y amando a los mayores.
En el vídeo hay varias fotos de niños con abuelos. La última me hace volar a Sus brazos.
Después de 25 años aún le echo tanto de menos...
Mientras el vello sigue en tensión, la piel peor que la de un pollo desplumado y el lagrimón ha mudado en torrente desbordado un escalofrío infinito recorre cada rincón del alma y me regala melancolía, felicidad y paz.
Pienso en Bruja, y en mis amigos: cada uno de ellos tiene su propia “Sementeira”. Algunas se cruzarán y robarán juntas manzanas verdes, jugarán en la bodega de la Abuelita o caerán de tres en tres de un burro.
Y pienso en lo inmensamente afortunado que soy por haber tenido la infancia que viví.
...Y por haber conocido lo que es la “Sementeira”...
14 mayo 2007
¡QUE VIENE EL LOBO!!!
Atardece. Una niña con un abrigo rojo camina deprisa por los senderos del bosque. Nerviosa mira constantemente a su alrededor. Lleva en la mano un gran paquete que agarra con gran cuidado. Llega a un claro en medio del cual hay una casa. Oteando el entorno, vigilante, golpea repetidamente la puerta. Sale a abrirle una anciana:
- ¡Abuela. Que viene el lobo!.
- ¡Entra!.¡Rápido!.
Cierran la puerta.
Atardece. Unos ciervos nerviosos corren por sendas del bosque. Al llegar a un claro golpean con sus cornamentas la puerta de una casa. Les abre una anciana:
-¡Que viene el lobo!.
-¡Rápido. Entrad!.
Unos pájaros vuelan raudos entre las ramas del tupido bosque. Llegan a un claro y picotean los cristales de la ventana de una casa. Una anciana abre.
- ¡Que viene el lobo!.
- ¡Vamos. Rápido!.
Un grupo de ardillas saltan de rama en rama del frondoso bosque de robles, castaños, fresnos y abedules. Se detienen en la casa del claro del bosque. Nerviosas. Llaman a la puerta:
- ¡Que viene el lobo!.
- ¡Sí. Venga, pasad!- Dice la anciana al abrir.
Tras las ardillas, un tejón y su familia, una manada de jabalís, dos corzos, tres raposas que transportan sobre su lomo varios escarabajos y otros insectos. Cuatro grajos, dos cigüeñas, y seis abubillas llegan volando algo más tarde. Las cigüeñas llevan en su pico un cubo lleno de agua con la familia de las truchas del arroyo y las ranas del estanque.
Todos ellos, cuando llaman a la puerta, nerviosos, dicen lo mismo:
- ¡Que viene el lobo!.
Cuando ya están todos los animales del bosque en la gran casa del claro.
Llaman a la puerta. Se oye un murmullo entre los nerviosos animales.
La abuela abre la puerta. Tras ella la niña del abrigo rojo y los animales del bosque.
Ante ellos el lobo. La abuela lleva en las manos un gran pastel de chocolate. Mira a los ojos al lobo y dice:
- ¡CUMPLEAAAAÑOOOS FEEEELIIIIZ!.
*- Autofelicitación de cumpleaños. Hoy hace.........años que nació el Lobogrino: o sea yo. Gracias mamá, papá por tanto.
**- Gracias Bruja por el regalo.
***- Recreación de una historia escuchada a un cuentacuentos vigués.
- ¡Abuela. Que viene el lobo!.
- ¡Entra!.¡Rápido!.
Cierran la puerta.
Atardece. Unos ciervos nerviosos corren por sendas del bosque. Al llegar a un claro golpean con sus cornamentas la puerta de una casa. Les abre una anciana:
-¡Que viene el lobo!.
-¡Rápido. Entrad!.
Unos pájaros vuelan raudos entre las ramas del tupido bosque. Llegan a un claro y picotean los cristales de la ventana de una casa. Una anciana abre.
- ¡Que viene el lobo!.
- ¡Vamos. Rápido!.
Un grupo de ardillas saltan de rama en rama del frondoso bosque de robles, castaños, fresnos y abedules. Se detienen en la casa del claro del bosque. Nerviosas. Llaman a la puerta:
- ¡Que viene el lobo!.
- ¡Sí. Venga, pasad!- Dice la anciana al abrir.
Tras las ardillas, un tejón y su familia, una manada de jabalís, dos corzos, tres raposas que transportan sobre su lomo varios escarabajos y otros insectos. Cuatro grajos, dos cigüeñas, y seis abubillas llegan volando algo más tarde. Las cigüeñas llevan en su pico un cubo lleno de agua con la familia de las truchas del arroyo y las ranas del estanque.
Todos ellos, cuando llaman a la puerta, nerviosos, dicen lo mismo:
- ¡Que viene el lobo!.
Cuando ya están todos los animales del bosque en la gran casa del claro.
Llaman a la puerta. Se oye un murmullo entre los nerviosos animales.
La abuela abre la puerta. Tras ella la niña del abrigo rojo y los animales del bosque.
Ante ellos el lobo. La abuela lleva en las manos un gran pastel de chocolate. Mira a los ojos al lobo y dice:
- ¡CUMPLEAAAAÑOOOS FEEEELIIIIZ!.
*- Autofelicitación de cumpleaños. Hoy hace.........años que nació el Lobogrino: o sea yo. Gracias mamá, papá por tanto.
**- Gracias Bruja por el regalo.
***- Recreación de una historia escuchada a un cuentacuentos vigués.
06 mayo 2007
AUTOESTIMA
Sábado. Ocho y media de la mañana. Lloviendo.
Con los ojos aún pegados y el café sin llegar al cerebro camino hacia el curro del que saldré cerca de las nueve de la noche (con una pausa de tres horas para comer, claro).
De repente viene a mi mente el título de una película de hace unos años: “Quiero ser como Beccam” (*Como estudié Filosofía y allí hablábamos de Occam me niego a utilizar las “ka” “hache” con este paisano suyo de otra época, aunque no se parezcan en nada, afortunadamente para el filósofo ajusticiado).
Ni que decir tiene que no tengo ni idea de qué iba la película (poco cine que veo no voy a malgastar tiempo y cuartos en algo que encima tenga que ver con el fútbol) pero había leído el título.
Siguiendo bajo la lluvia el título me llevó a una noticia cotilla leída pocos días atrás: “Beccam le compra a su mujer un vibrador de platino y diamantes por valor de 2 millones de dólares”.
Cabe preguntarse qué le ocurría a mi mente para, yendo al curro tras haber dormido apenas tres horas, recuerde ese tipo de noticias...¿Debo empezar a preocuparme?...
Sí, claro que, dejando a un lado el esnobismo escandaloso, friki y cutre con avaricia de gastarse trescientos y pico millones de pesetas en una majadería, el problemón de si uno de los diamantes se despega y se clava por “las profundidades”...y el hecho de que si le regala ese tipo de objeto el chaval tiene un “pequeño” problema, uno viendo las cifras que mueven estos parásitos sociales durante un instante siente cierta envidia. De disponer de ese pecunio yo no me iba a comprar un juguetito de platino y diamantes (los de goma de toda la vida de mil pelas van de fábula, si es que se necesitan, claro...) pero podría hacer tantas cosas y tan útiles con ello.
La envidia me duró hasta que me paré en el semáforo.
Pudiendo ser yo ¿para qué narices quiero ser un niñato eternamente adolescente, que vive sólo por y para las apariencias, con una vida tan de plástico como las tetas de su artificial mujer, rubio, alto, sin una gota de grasa en la cintura, un pelo en el pecho o una neurona en el cerebro?...¡Menuda grima, por Dios!. Con lo bien que estoy siendo bajito, michelinítico, cabezón e inteligente y con una vida auténtica aunque no tenga un duro.
Siempre he sido algo raro: desde mi más tierna infancia estoy “encantado de haberme conocido” y ya desde entonces como yo era, lo que yo vivía o lo que yo pensaba era lo que consideraba como “lo normal”, casi como lo “único” normal.
Nunca tuve ídolos al uso porque tenía muy claro que no eran perfectos: “les faltaba ser como yo”...
De adolescente y de joven, mi único ídolo era el Hijo de un Dios loco crucificado dos mil años atrás. Él y buenos seguidores suyos como Francisco de Asís u Óscar Romero. En la actualidad siguen siendo ídolos y pruebas quasi imposibles de superar o aspiraciones que dan sentido a muchas cosas y muchas luchas; pero ese tema no toca ahora.
Por eso no puedo ni quiero entender a los jóvenes o no tan jóvenes que “quieren ser como un futbolista cutre, o una pseudocantante de medio pelo (el otro día en la tele un treintañero se desgañitaba por tener cerca a una tal Lorena o algo así, que resultó ser una de estas de Operación Triunfo a la que debe conocer su madre pero que sale en la tele y por lo visto es famosa...).
Y me da coraje: porque si bien puede ser normal que durante algunos meses de la adolescencia el chavalín desorientado busque el referente hasta acabar de definir su propia personalidad, parece que actualmente ese espacio temporal se ha alargado durante décadas.
En ocasiones con consecuencias dañinas. Si Kate Moss es anoréxica y toxicómana seguramente habrá muchas niñas (o treintañeras desfasadas) que lo serán por parecerse a ella. Si Beccam es un gárrulo vicioso que sólo gana dinero a espuertas y se aparea con toda fémina que respire habrá muchos adolescentes-treintañeros que quieran ser como él. Por poner dos ejemplos, sólo.
Y no lograrlo (que nunca se logra) llena las consultas de los psicoanalistas de frustraciones y todo tipo de taras mentales.
Se venden imágenes irreales de belleza irreal, de fama de mentira sin talento, de juventud de silicona, de relaciones de plástico, brillantes y modernas pero de plástico. Falsas imágenes de dinero, glamour y vacío.
Se nos dice como tenemos que querer ser para ser más...más...más ¿más qué?...
Pero nadie nos dice que es fantástico ser uno mismo y “estar encantados de habernos conocido” porque, a fin de cuentas, nuestra mejor realización y nuestro mejor espejo es nuestro avanzar en la vida cada día siendo quienes somos. Nosotros mismos, vaya.
Sin duda prefiero no poder comprar un vibrador (tampoco lo necesito) de platino y diamantes por dos millones de dólares e ir a currar un sábado por la mañana que ser como otros.
Me ha tocado la lotería siendo como yo mismo (y teniendo la gente que tengo a mi alrededor, por supuesto).
“Quiero ser Lobogrino” que debería decir Beccam.
Siguiente semáforo. Sigue lloviendo. Antes de llegar necesito un café o me dormiré...
Con los ojos aún pegados y el café sin llegar al cerebro camino hacia el curro del que saldré cerca de las nueve de la noche (con una pausa de tres horas para comer, claro).
De repente viene a mi mente el título de una película de hace unos años: “Quiero ser como Beccam” (*Como estudié Filosofía y allí hablábamos de Occam me niego a utilizar las “ka” “hache” con este paisano suyo de otra época, aunque no se parezcan en nada, afortunadamente para el filósofo ajusticiado).
Ni que decir tiene que no tengo ni idea de qué iba la película (poco cine que veo no voy a malgastar tiempo y cuartos en algo que encima tenga que ver con el fútbol) pero había leído el título.
Siguiendo bajo la lluvia el título me llevó a una noticia cotilla leída pocos días atrás: “Beccam le compra a su mujer un vibrador de platino y diamantes por valor de 2 millones de dólares”.
Cabe preguntarse qué le ocurría a mi mente para, yendo al curro tras haber dormido apenas tres horas, recuerde ese tipo de noticias...¿Debo empezar a preocuparme?...
Sí, claro que, dejando a un lado el esnobismo escandaloso, friki y cutre con avaricia de gastarse trescientos y pico millones de pesetas en una majadería, el problemón de si uno de los diamantes se despega y se clava por “las profundidades”...y el hecho de que si le regala ese tipo de objeto el chaval tiene un “pequeño” problema, uno viendo las cifras que mueven estos parásitos sociales durante un instante siente cierta envidia. De disponer de ese pecunio yo no me iba a comprar un juguetito de platino y diamantes (los de goma de toda la vida de mil pelas van de fábula, si es que se necesitan, claro...) pero podría hacer tantas cosas y tan útiles con ello.
La envidia me duró hasta que me paré en el semáforo.
Pudiendo ser yo ¿para qué narices quiero ser un niñato eternamente adolescente, que vive sólo por y para las apariencias, con una vida tan de plástico como las tetas de su artificial mujer, rubio, alto, sin una gota de grasa en la cintura, un pelo en el pecho o una neurona en el cerebro?...¡Menuda grima, por Dios!. Con lo bien que estoy siendo bajito, michelinítico, cabezón e inteligente y con una vida auténtica aunque no tenga un duro.
Siempre he sido algo raro: desde mi más tierna infancia estoy “encantado de haberme conocido” y ya desde entonces como yo era, lo que yo vivía o lo que yo pensaba era lo que consideraba como “lo normal”, casi como lo “único” normal.
Nunca tuve ídolos al uso porque tenía muy claro que no eran perfectos: “les faltaba ser como yo”...
De adolescente y de joven, mi único ídolo era el Hijo de un Dios loco crucificado dos mil años atrás. Él y buenos seguidores suyos como Francisco de Asís u Óscar Romero. En la actualidad siguen siendo ídolos y pruebas quasi imposibles de superar o aspiraciones que dan sentido a muchas cosas y muchas luchas; pero ese tema no toca ahora.
Por eso no puedo ni quiero entender a los jóvenes o no tan jóvenes que “quieren ser como un futbolista cutre, o una pseudocantante de medio pelo (el otro día en la tele un treintañero se desgañitaba por tener cerca a una tal Lorena o algo así, que resultó ser una de estas de Operación Triunfo a la que debe conocer su madre pero que sale en la tele y por lo visto es famosa...).
Y me da coraje: porque si bien puede ser normal que durante algunos meses de la adolescencia el chavalín desorientado busque el referente hasta acabar de definir su propia personalidad, parece que actualmente ese espacio temporal se ha alargado durante décadas.
En ocasiones con consecuencias dañinas. Si Kate Moss es anoréxica y toxicómana seguramente habrá muchas niñas (o treintañeras desfasadas) que lo serán por parecerse a ella. Si Beccam es un gárrulo vicioso que sólo gana dinero a espuertas y se aparea con toda fémina que respire habrá muchos adolescentes-treintañeros que quieran ser como él. Por poner dos ejemplos, sólo.
Y no lograrlo (que nunca se logra) llena las consultas de los psicoanalistas de frustraciones y todo tipo de taras mentales.
Se venden imágenes irreales de belleza irreal, de fama de mentira sin talento, de juventud de silicona, de relaciones de plástico, brillantes y modernas pero de plástico. Falsas imágenes de dinero, glamour y vacío.
Se nos dice como tenemos que querer ser para ser más...más...más ¿más qué?...
Pero nadie nos dice que es fantástico ser uno mismo y “estar encantados de habernos conocido” porque, a fin de cuentas, nuestra mejor realización y nuestro mejor espejo es nuestro avanzar en la vida cada día siendo quienes somos. Nosotros mismos, vaya.
Sin duda prefiero no poder comprar un vibrador (tampoco lo necesito) de platino y diamantes por dos millones de dólares e ir a currar un sábado por la mañana que ser como otros.
Me ha tocado la lotería siendo como yo mismo (y teniendo la gente que tengo a mi alrededor, por supuesto).
“Quiero ser Lobogrino” que debería decir Beccam.
Siguiente semáforo. Sigue lloviendo. Antes de llegar necesito un café o me dormiré...
24 abril 2007
TRAS EL INVIERNO...
- Es extraño, pero aunque somos tan distintos, ya no puedo vivir sin ti.
- Je jeje. A mí me ocurre lo mismo. ¿Recuerdas como empezó todo?.
- ¿Cómo no voy a recordarlo si es la historia de mi vida? :
Nací una cálida noche del mes de julio más caluroso de la historia. Después de muchos dolores mi madre dio a luz a cinco hermosos gatitos. Nacimos en un rincón escondido de un pajar escondido, junto al huerto en el que una generosa señora alimentaba a mi madre. Nacimos entre la paja y entre la paja estuvimos hasta que pudimos empezar a caminar.
La buena de mamá pasaba el día con nosotros, protegiéndonos. Únicamente salía, poco, para comer las sobras que aquella buena señora dejaba en un rincón de la huerta.
Mi madre era una gata atigrada gris de esbelta figura. No tenía dueños que la cuidasen, como tampoco había tenido su madre. Siempre se tuvo que buscar la vida pero jamás fue ladrona. La señora Baldomina, su benefactora, pronto se percató de su presencia en el huerto y empezó a dejarle comida en un rincón.
Nacimos en la pobreza y en la más absoluta pobreza transcurrieron nuestras vidas.
Lo primero que vi cuando, a los pocos días de nacer, se abrieron por primera vez mis ojos, fue la sonrisa de mamá y su áspera lengua lavándome la cara. Oí ruidos que no supe identificar y, tras mover la cabecita, vi un amasijo de piel, patas, morros y orejas que no entendía. Mamá me apartó a un rincón de la mullida cama y pude ver por primera vez a mis cuatro hermanos. Los trillizos eran del mismo color gris pardo que mamá y la gatita una belleza tricolor. En cuanto a mí: mi pelo es gris intenso.
Recuerdo el rayo de sol que iluminó el montón de paja y pelo de mamá donde nacimos. Un inalcanzable ventanuco viejo permitía el paso a la luz entrevetada de polvo. A nuestro alrededor, en la penumbra, se amontonaban todo tipo de aperos herrumbrosos entre telas de araña y montones de polvo, viejas maderas eran pasto de la carcoma junto a restos de aromática hierba envejecida.
Un mes después salimos por vez primera. Mamá vigilaba cada movimiento con inquietud. Los trillizos jugaban a pelearse entre ellos, la gatita no salía de las faldas de mamá, y yo, siempre al final, descubría todo un mundo de sensaciones: tan pronto olía la flor de un azulado pensamiento, como perseguía una afanosa abeja que iba y venía de las flores a la colmena.
Mamá, siempre pendiente de nosotros con paciencia infinita, constantemente nos juntaba y nos protegía.
Nací una cálida noche de del mes de julio más caluroso de la historia. Después de muchos dolores mi madre dio a luz a tres bellos gatitos. Nacimos en la sala de estar de una amplia y céntrica casa, rodeados de los cuidados de los dueños de mamá. Nacimos entre mullidos cojines y entre cojines estuvimos hasta que pudimos corretear por los pasillos.
Mamá pasaba el día con nosotros, cuidándonos. Dejaba el mullido lecho para comer la comida gatuna enlatada que le servían sus amos en un cuenco siempre reluciente. También salía para que la peinasen y le arreglasen el largo pelo.
Mi madre era una gran gata persa azul. Desde siempre sus dueños la habían cuidado como ya habían hecho con su madre. Su vida transcurría plácida y tranquila. Apenas salía a la calle: en casa lo tenía todo para vivir bien. Su pelo siempre estaba limpio y peinado y a ella le gustaba acostarse, ronroneando, en el sofá de la sala.
Lo primero que vi cuando, a los pocos días de nacer, se abrieron mis ojos fue la sonrisa excitada del nieto de los dueños y la mano de su madre alejándole de mí. Mamá se puso a lavarme la cara con su áspera lengua. Miré a mi alrededor y vi a mis dos hermanos durmiendo tranquilamente junto a mi.
Ella era una gatita blanca de largo pelo y el hermano un majestuoso gatito persa gris. En cuanto a mí: soy un gato persa de tres colores.
Recuerdo la amplia luz que entraba a raudales por los cristales de la galería.
Junto a nosotros plantas de interior, una mesa de madera y cristal con sus sillas y el resto de muebles del comedor en un suelo reluciente.
Desde que pudimos empezar a andar nos movíamos por aquel espacio. De vez en cuando alguno de los nietos de los dueños se escapaba para jugar con nosotros y hacernos perrerías. Mientras correteábamos por la sala y jugábamos con las cortinas, las plantas y cualquier cosa que veíamos, mamá nos observaba tranquila desde su rincón ronroneando feliz.
El verano transcurría con su asfixiante calor y nosotros crecíamos bajo los cuidados de mamá. Ella nos enseñó a mordisquear las sobras que le dejaba la señora Baldomina. Seguía dándonos de mamar a la vez que nos apartaba los mejores trozos de comida. Cada vez estaba más delgada pero la infancia es inconsciente y nosotros nos disputábamos toda la comida quitándosela de la boca. Correteando, descubriendo los rincones de la huerta o del pajar, comiendo y aprendiendo a cazar ratones por los rincones crecíamos felices.
A mediados de septiembre llegó una familia que también nos dejaba restos de comida en la huerta.
Empezó el otoño y cambió el tiempo: los días ya eran más cortos, el verde se tornaba dorado y el calor iba cesando. Nosotros, sin dejar de mamar, cada vez comíamos más con lo cual mamá cada día estaba más flaca. Ahora un hombre joven también nos llevaba comida todas las mañanas. Nosotros, desconfiados como nos enseñó mamá, nos acercábamos sólo cuando él se iba. Los trillizos siempre eran los más valientes, la gatita no se despegaba de mamá y yo, vigilante, en la retaguardia. En un par de ocasiones la señora Baldomina intentó cogerme, pero yo soy más rápido: una vez me zafé de un saco y otra salté antes de que me atrapase una cesta. Desde entonces me volví aún más desconfiado, pese a los intentos de acercarse por parte del hombre joven.
Unos días después Baldomina dejó de ir a llevarnos comida y sólo nos alimentaba el hombre joven.
Con los primeros fríos y el hambre los trillizos cada vez se aventuraban más fuera de la huerta, pese a que uno de ellos apenas veía por una enfermedad en un ojo. La gatita era la enfermiza y triste sombra de mamá. Mamá cada vez estaba más delgada, ya no corría pero nos dejaba comer antes de hacerlo ella.
Lo mejor del día era la vuelta al nido del pajar. Allí, pese al hambre creciente, juntos al calor de mamá éramos felices. Mamá sonreía con tristeza...
La tragedia llegó con la primera helada del invierno: dos de los trillizos salieron con el alba. Sólo yo les vi salir. Uno de ellos se giró, me dedicó la mejor de sus sonrisas y dejó del pajar tambaleándose. Poco después, cuando salimos a comer, la gatita lo encontró muerto por el hambre junto a la piedra donde nos dejaban las sobras. Mamá cogió su cuerpecito con sus dientes y lo llevó a un rincón de la huerta, lejos de nosotros. El otro yacía congelado junto a la reja de entrada del huerto.
El día antes de Navidad el trillizo que quedaba salió del pajar hacia el huerto. Tenía mucha hambre y no veía bien...
No volvimos a verle, pero nos enteramos más tarde por un viejo gato que al dejar el huerto le atropelló un coche y le arrastró lejos.
Sólo quedábamos tres. La gatita y mamá cada día más débiles y yo, que aguantaba el frío y el hambre como podía.
Intentábamos continuar con la vida habitual, pero ya no había risas, ya no había fuerzas para juegos, y ya no había carreras. El hombre joven continuaba cada día llevándonos comida, con gesto preocupado por las ausencias. Ahora era yo el que le apremiaba. Toda mi vida se reducía a esperar la comida y dormir junto al calor de mi madre y mi hermana.
A principios de año noté frío a mi lado antes de despertar. La gatita había muerto de hambre mientras dormía.
Mamá, con resignación, lentamente la llevó al rincón más alejado del huerto.
Mamá ya no tenía fuerzas. Yo la seguía a todas partes y ella me llenaba de cariño. Su mirada era triste y resignada. A mediados de enero, poco después de comer, volvimos al pajar. Yo me dormí enseguida junto a ella. Cuando desperté era de noche y ella no estaba. Esperé a que volviese toda la noche, solo en el pajar. Y al día siguiente. Y al otro... El hambre me obligó a salir. El camino, la piedra donde comíamos, el pajar...todo me olía a mamá. El hombre joven me vio desde la calle y al momento me llevó comida. Yo seguía sin fiarme de él pero en el fondo sabía que era lo único que tenía. Cuando acabé de comer volví al pajar y me dormí en la paja que olía a mamá y a los hermanos. Estaba solo.
El verano transcurría con su asfixiante calor y nosotros crecíamos bajo la mirada atenta de mamá. Poco a poco los amos de mamá nos enseñaron dónde teníamos que mear. Era un cajón con una arena que olía a serrín. También nos daban leche en una lata tres veces al día. Alguna vez nos sacaron al jardín y descubrimos la hierba, las flores, el viento y los insectos. Mamá nos observaba tranquila y atenta. Una vez a la semana nos bañaban y nos peinaban. Íbamos creciendo y todo era ideal.
Empezó el otoño y llegó el gran cambió. Un día llegaron unos señores con nuestros dueños. Nos cogieron y nos miraron a todos. A mi no me gustó nada y no paré de morder y dar zarpazos. Los desconocidos hablaron con los dueños y cogieron a mi hermano, el gatito persa gris. Dieron unos pequeños papeles de colores a los dueños y se lo llevaron. No le volví a ver. A mamá parecía no importarle demasiado pero a mi no me gustó y me volví desconfiado. Lo llamé pero no hubo respuesta.
Días más tarde los dueños de la casa cogieron a la gatita blanca y también se la llevaron. Creí que irían a bañarla pero aquella noche no volvió; ni tampoco al día siguiente. La estuve llamando durante varios días, pero mis baldíos maullidos debieron molestar a los amos que en alguna ocasión me pegaron para que me callase. Mamá no hacía demasiado caso a lo que ocurría pero yo me sentía fatal. Un día me despertaron muy temprano, subieron a mamá al coche en una jaula de plástico y a mí me llevaron a una huerta en el medio del pueblo. Subieron al coche y se fueron. No sabía a donde ir y me acerqué maullando a la casa que estaba más cerca. Como pude trepé hasta una ventana y al cabo de un rato la abrió una señora. Me aparté desconfiado pero ella me sacó comida al corral que había detrás de su casa. Encontré refugio debajo de una pila de ramas secas, junto a una pared, sobre un puñado de hierba seca, en un rincón del corral. Tenía miedo, estaba solo y todo mi mundo se había desmoronado. La primera noche lo pasé fatal: había montones de ruidos desconocidos y luces lejanas... Tres días después del abandono empezaba a estar más tranquilo. Con el pelo que se me enganchaba en las ramas pude hacer una especie de cama en el rincón escondido. Había otros gatos grandes que me perseguían y me pegaban pero mi rincón era demasiado pequeño para ellos y me sentía ligeramente seguro.
La señora Baldomina, que era como se llamaba mi nueva amiga, me dejaba la comida junto a la ventana de su cocina y espantaba a los otros gatos para que yo pudiese comer.
Pero aún faltaban más sorpresas. Un día la señora Baldomina me intentó coger y me refugié en mi escondite. Me daba miedo desaparecer a mí también como le había ocurrido a mi familia. Al día siguiente cuando fui a comer como de costumbre la ventana estaba cerrada. Esperé todo el día pero nadie apareció. Por segunda vez en poco tiempo volvía a estar solo. Regresé a mi rincón. Hacía mucho frío y mi pelo sucio y desgarrado apenas me protegía de la helada. Pero como mi rincón era algo caliente mi mayor problema era el hambre.
Mi olfato me guió, una fría mañana del mes de enero, hacia una huerta donde una piedra grasienta olía a comida. Me escondí en un tiesto viejo y al cabo de un rato apareció un gatito atigrado de color gris intenso. Se subió encima de un picadero de leña y esperó mirando nervioso hacia la verja.
Estaba muy delgado y tenía la mirada triste. Poco después llegó un hombre joven con una bolsa. La vació encima de la piedra y se alejó. El gatito gris se puso a comer con ansia. Yo, que llevaba cuatro días sin hacerlo, no pude más y me acerqué. El gatito se asustó y se alejó unos metros. Comí un poco y me aparté. Entonces él se acercó y acabó lo que quedaba. Luego desapareció. Yo regresé a mi rincón del corral.
Estuvimos así durante varios días hasta que un día decidí seguirle...
Una noche soñé que había alguien a mi lado. El sueño era tan real que incluso sentí calor. Cuando desperté vi sobresaltado al gato de tres colores y largo pelo, que comía conmigo desde hacía unos días, durmiendo junto a mí. Salté y gruñí. Él hizo lo mismo, pero pronto nos acercamos. A fin de cuentas hacía tiempo que comíamos juntos. Ese fue el inicio de nuestra amistad. Desde entonces no nos separamos para nada. Nos hemos convertido en la familia del otro. Comemos juntos la comida que puntualmente nos lleva el hombre joven o su madre. Dormimos en el pajar donde nací. Salimos a cazar ratones o a explorar por los alrededores. El gato de pelo largo, que es más grande que yo pese a tener mi edad, me protege de otros gatos.
Ahora los días son más largos. Ha llegado la primavera y el tiempo es más suave. Vuelven brotar las plantas, el perfume de las flores de los cerezos y los manzanos, la menta y el laurel nos reconforta, las golondrinas nos despiertan con sus cantos. Hemos crecido, tenemos fuerzas. Y estamos juntos. Pese a ser del mismo pueblo nacimos en mundos totalmente distintos. Somos diferentes pero ya no podemos vivir el uno sin el otro. Y gracias a que estamos juntos sobreviviremos.
Seguro.
©- Lobogrino. Valle de los Lobos. 31 de Marzo de 2004.
- Je jeje. A mí me ocurre lo mismo. ¿Recuerdas como empezó todo?.
- ¿Cómo no voy a recordarlo si es la historia de mi vida? :
Nací una cálida noche del mes de julio más caluroso de la historia. Después de muchos dolores mi madre dio a luz a cinco hermosos gatitos. Nacimos en un rincón escondido de un pajar escondido, junto al huerto en el que una generosa señora alimentaba a mi madre. Nacimos entre la paja y entre la paja estuvimos hasta que pudimos empezar a caminar.
La buena de mamá pasaba el día con nosotros, protegiéndonos. Únicamente salía, poco, para comer las sobras que aquella buena señora dejaba en un rincón de la huerta.
Mi madre era una gata atigrada gris de esbelta figura. No tenía dueños que la cuidasen, como tampoco había tenido su madre. Siempre se tuvo que buscar la vida pero jamás fue ladrona. La señora Baldomina, su benefactora, pronto se percató de su presencia en el huerto y empezó a dejarle comida en un rincón.
Nacimos en la pobreza y en la más absoluta pobreza transcurrieron nuestras vidas.
Lo primero que vi cuando, a los pocos días de nacer, se abrieron por primera vez mis ojos, fue la sonrisa de mamá y su áspera lengua lavándome la cara. Oí ruidos que no supe identificar y, tras mover la cabecita, vi un amasijo de piel, patas, morros y orejas que no entendía. Mamá me apartó a un rincón de la mullida cama y pude ver por primera vez a mis cuatro hermanos. Los trillizos eran del mismo color gris pardo que mamá y la gatita una belleza tricolor. En cuanto a mí: mi pelo es gris intenso.
Recuerdo el rayo de sol que iluminó el montón de paja y pelo de mamá donde nacimos. Un inalcanzable ventanuco viejo permitía el paso a la luz entrevetada de polvo. A nuestro alrededor, en la penumbra, se amontonaban todo tipo de aperos herrumbrosos entre telas de araña y montones de polvo, viejas maderas eran pasto de la carcoma junto a restos de aromática hierba envejecida.
Un mes después salimos por vez primera. Mamá vigilaba cada movimiento con inquietud. Los trillizos jugaban a pelearse entre ellos, la gatita no salía de las faldas de mamá, y yo, siempre al final, descubría todo un mundo de sensaciones: tan pronto olía la flor de un azulado pensamiento, como perseguía una afanosa abeja que iba y venía de las flores a la colmena.
Mamá, siempre pendiente de nosotros con paciencia infinita, constantemente nos juntaba y nos protegía.
Nací una cálida noche de del mes de julio más caluroso de la historia. Después de muchos dolores mi madre dio a luz a tres bellos gatitos. Nacimos en la sala de estar de una amplia y céntrica casa, rodeados de los cuidados de los dueños de mamá. Nacimos entre mullidos cojines y entre cojines estuvimos hasta que pudimos corretear por los pasillos.
Mamá pasaba el día con nosotros, cuidándonos. Dejaba el mullido lecho para comer la comida gatuna enlatada que le servían sus amos en un cuenco siempre reluciente. También salía para que la peinasen y le arreglasen el largo pelo.
Mi madre era una gran gata persa azul. Desde siempre sus dueños la habían cuidado como ya habían hecho con su madre. Su vida transcurría plácida y tranquila. Apenas salía a la calle: en casa lo tenía todo para vivir bien. Su pelo siempre estaba limpio y peinado y a ella le gustaba acostarse, ronroneando, en el sofá de la sala.
Lo primero que vi cuando, a los pocos días de nacer, se abrieron mis ojos fue la sonrisa excitada del nieto de los dueños y la mano de su madre alejándole de mí. Mamá se puso a lavarme la cara con su áspera lengua. Miré a mi alrededor y vi a mis dos hermanos durmiendo tranquilamente junto a mi.
Ella era una gatita blanca de largo pelo y el hermano un majestuoso gatito persa gris. En cuanto a mí: soy un gato persa de tres colores.
Recuerdo la amplia luz que entraba a raudales por los cristales de la galería.
Junto a nosotros plantas de interior, una mesa de madera y cristal con sus sillas y el resto de muebles del comedor en un suelo reluciente.
Desde que pudimos empezar a andar nos movíamos por aquel espacio. De vez en cuando alguno de los nietos de los dueños se escapaba para jugar con nosotros y hacernos perrerías. Mientras correteábamos por la sala y jugábamos con las cortinas, las plantas y cualquier cosa que veíamos, mamá nos observaba tranquila desde su rincón ronroneando feliz.
El verano transcurría con su asfixiante calor y nosotros crecíamos bajo los cuidados de mamá. Ella nos enseñó a mordisquear las sobras que le dejaba la señora Baldomina. Seguía dándonos de mamar a la vez que nos apartaba los mejores trozos de comida. Cada vez estaba más delgada pero la infancia es inconsciente y nosotros nos disputábamos toda la comida quitándosela de la boca. Correteando, descubriendo los rincones de la huerta o del pajar, comiendo y aprendiendo a cazar ratones por los rincones crecíamos felices.
A mediados de septiembre llegó una familia que también nos dejaba restos de comida en la huerta.
Empezó el otoño y cambió el tiempo: los días ya eran más cortos, el verde se tornaba dorado y el calor iba cesando. Nosotros, sin dejar de mamar, cada vez comíamos más con lo cual mamá cada día estaba más flaca. Ahora un hombre joven también nos llevaba comida todas las mañanas. Nosotros, desconfiados como nos enseñó mamá, nos acercábamos sólo cuando él se iba. Los trillizos siempre eran los más valientes, la gatita no se despegaba de mamá y yo, vigilante, en la retaguardia. En un par de ocasiones la señora Baldomina intentó cogerme, pero yo soy más rápido: una vez me zafé de un saco y otra salté antes de que me atrapase una cesta. Desde entonces me volví aún más desconfiado, pese a los intentos de acercarse por parte del hombre joven.
Unos días después Baldomina dejó de ir a llevarnos comida y sólo nos alimentaba el hombre joven.
Con los primeros fríos y el hambre los trillizos cada vez se aventuraban más fuera de la huerta, pese a que uno de ellos apenas veía por una enfermedad en un ojo. La gatita era la enfermiza y triste sombra de mamá. Mamá cada vez estaba más delgada, ya no corría pero nos dejaba comer antes de hacerlo ella.
Lo mejor del día era la vuelta al nido del pajar. Allí, pese al hambre creciente, juntos al calor de mamá éramos felices. Mamá sonreía con tristeza...
La tragedia llegó con la primera helada del invierno: dos de los trillizos salieron con el alba. Sólo yo les vi salir. Uno de ellos se giró, me dedicó la mejor de sus sonrisas y dejó del pajar tambaleándose. Poco después, cuando salimos a comer, la gatita lo encontró muerto por el hambre junto a la piedra donde nos dejaban las sobras. Mamá cogió su cuerpecito con sus dientes y lo llevó a un rincón de la huerta, lejos de nosotros. El otro yacía congelado junto a la reja de entrada del huerto.
El día antes de Navidad el trillizo que quedaba salió del pajar hacia el huerto. Tenía mucha hambre y no veía bien...
No volvimos a verle, pero nos enteramos más tarde por un viejo gato que al dejar el huerto le atropelló un coche y le arrastró lejos.
Sólo quedábamos tres. La gatita y mamá cada día más débiles y yo, que aguantaba el frío y el hambre como podía.
Intentábamos continuar con la vida habitual, pero ya no había risas, ya no había fuerzas para juegos, y ya no había carreras. El hombre joven continuaba cada día llevándonos comida, con gesto preocupado por las ausencias. Ahora era yo el que le apremiaba. Toda mi vida se reducía a esperar la comida y dormir junto al calor de mi madre y mi hermana.
A principios de año noté frío a mi lado antes de despertar. La gatita había muerto de hambre mientras dormía.
Mamá, con resignación, lentamente la llevó al rincón más alejado del huerto.
Mamá ya no tenía fuerzas. Yo la seguía a todas partes y ella me llenaba de cariño. Su mirada era triste y resignada. A mediados de enero, poco después de comer, volvimos al pajar. Yo me dormí enseguida junto a ella. Cuando desperté era de noche y ella no estaba. Esperé a que volviese toda la noche, solo en el pajar. Y al día siguiente. Y al otro... El hambre me obligó a salir. El camino, la piedra donde comíamos, el pajar...todo me olía a mamá. El hombre joven me vio desde la calle y al momento me llevó comida. Yo seguía sin fiarme de él pero en el fondo sabía que era lo único que tenía. Cuando acabé de comer volví al pajar y me dormí en la paja que olía a mamá y a los hermanos. Estaba solo.
El verano transcurría con su asfixiante calor y nosotros crecíamos bajo la mirada atenta de mamá. Poco a poco los amos de mamá nos enseñaron dónde teníamos que mear. Era un cajón con una arena que olía a serrín. También nos daban leche en una lata tres veces al día. Alguna vez nos sacaron al jardín y descubrimos la hierba, las flores, el viento y los insectos. Mamá nos observaba tranquila y atenta. Una vez a la semana nos bañaban y nos peinaban. Íbamos creciendo y todo era ideal.
Empezó el otoño y llegó el gran cambió. Un día llegaron unos señores con nuestros dueños. Nos cogieron y nos miraron a todos. A mi no me gustó nada y no paré de morder y dar zarpazos. Los desconocidos hablaron con los dueños y cogieron a mi hermano, el gatito persa gris. Dieron unos pequeños papeles de colores a los dueños y se lo llevaron. No le volví a ver. A mamá parecía no importarle demasiado pero a mi no me gustó y me volví desconfiado. Lo llamé pero no hubo respuesta.
Días más tarde los dueños de la casa cogieron a la gatita blanca y también se la llevaron. Creí que irían a bañarla pero aquella noche no volvió; ni tampoco al día siguiente. La estuve llamando durante varios días, pero mis baldíos maullidos debieron molestar a los amos que en alguna ocasión me pegaron para que me callase. Mamá no hacía demasiado caso a lo que ocurría pero yo me sentía fatal. Un día me despertaron muy temprano, subieron a mamá al coche en una jaula de plástico y a mí me llevaron a una huerta en el medio del pueblo. Subieron al coche y se fueron. No sabía a donde ir y me acerqué maullando a la casa que estaba más cerca. Como pude trepé hasta una ventana y al cabo de un rato la abrió una señora. Me aparté desconfiado pero ella me sacó comida al corral que había detrás de su casa. Encontré refugio debajo de una pila de ramas secas, junto a una pared, sobre un puñado de hierba seca, en un rincón del corral. Tenía miedo, estaba solo y todo mi mundo se había desmoronado. La primera noche lo pasé fatal: había montones de ruidos desconocidos y luces lejanas... Tres días después del abandono empezaba a estar más tranquilo. Con el pelo que se me enganchaba en las ramas pude hacer una especie de cama en el rincón escondido. Había otros gatos grandes que me perseguían y me pegaban pero mi rincón era demasiado pequeño para ellos y me sentía ligeramente seguro.
La señora Baldomina, que era como se llamaba mi nueva amiga, me dejaba la comida junto a la ventana de su cocina y espantaba a los otros gatos para que yo pudiese comer.
Pero aún faltaban más sorpresas. Un día la señora Baldomina me intentó coger y me refugié en mi escondite. Me daba miedo desaparecer a mí también como le había ocurrido a mi familia. Al día siguiente cuando fui a comer como de costumbre la ventana estaba cerrada. Esperé todo el día pero nadie apareció. Por segunda vez en poco tiempo volvía a estar solo. Regresé a mi rincón. Hacía mucho frío y mi pelo sucio y desgarrado apenas me protegía de la helada. Pero como mi rincón era algo caliente mi mayor problema era el hambre.
Mi olfato me guió, una fría mañana del mes de enero, hacia una huerta donde una piedra grasienta olía a comida. Me escondí en un tiesto viejo y al cabo de un rato apareció un gatito atigrado de color gris intenso. Se subió encima de un picadero de leña y esperó mirando nervioso hacia la verja.
Estaba muy delgado y tenía la mirada triste. Poco después llegó un hombre joven con una bolsa. La vació encima de la piedra y se alejó. El gatito gris se puso a comer con ansia. Yo, que llevaba cuatro días sin hacerlo, no pude más y me acerqué. El gatito se asustó y se alejó unos metros. Comí un poco y me aparté. Entonces él se acercó y acabó lo que quedaba. Luego desapareció. Yo regresé a mi rincón del corral.
Estuvimos así durante varios días hasta que un día decidí seguirle...
Una noche soñé que había alguien a mi lado. El sueño era tan real que incluso sentí calor. Cuando desperté vi sobresaltado al gato de tres colores y largo pelo, que comía conmigo desde hacía unos días, durmiendo junto a mí. Salté y gruñí. Él hizo lo mismo, pero pronto nos acercamos. A fin de cuentas hacía tiempo que comíamos juntos. Ese fue el inicio de nuestra amistad. Desde entonces no nos separamos para nada. Nos hemos convertido en la familia del otro. Comemos juntos la comida que puntualmente nos lleva el hombre joven o su madre. Dormimos en el pajar donde nací. Salimos a cazar ratones o a explorar por los alrededores. El gato de pelo largo, que es más grande que yo pese a tener mi edad, me protege de otros gatos.
Ahora los días son más largos. Ha llegado la primavera y el tiempo es más suave. Vuelven brotar las plantas, el perfume de las flores de los cerezos y los manzanos, la menta y el laurel nos reconforta, las golondrinas nos despiertan con sus cantos. Hemos crecido, tenemos fuerzas. Y estamos juntos. Pese a ser del mismo pueblo nacimos en mundos totalmente distintos. Somos diferentes pero ya no podemos vivir el uno sin el otro. Y gracias a que estamos juntos sobreviviremos.
Seguro.
©- Lobogrino. Valle de los Lobos. 31 de Marzo de 2004.
11 abril 2007
VAYA CRUZ DE SEMANA SANTA...o no...
“Baja a Dios de las nubes...”
- Chus: ¿qué tal ha ido la Semana Santa?.
“Baja a Dios de las nubes:
llévale a la fábrica donde trabajas...”
- ¡¡ Esa músicaaaaa!!!.
- Perdona, papaíto, no te había oído.
- ¿Cómo me ibas a oír con la música tan alta?. ¡Esta juventud!.
Te preguntaba por la Semana Santa.
- Pues ¿cómo iba a ir?. Como siempre: un auténtico calvario.
- Si es que la culpa es tuya: te empeñas en viajar y enterarte de lo que hace la gente y luego pasas un mal rato.
-¿No me digas que con el panorama que hay no es para menos?. ¿Qué hace la gente en Semana Santa?.
- Procesiones.
- Pues eso.
- Y lo bonitas que son...
- Ya, claro. Pues no decías tú lo mismo hace tres mil años, cuando lo de mi Procesión. Y aquella era real.
- Bueno claro porque veía que torturaban a mi hijo, y sufriste mucho.
- Sí, pero ¿Sólo sufrí?.
- Hombreee, nooo Al final resucitaste: no puedo explicarlo con palabras humanas (no existen) para que lo entiendan de lejos pero resucitaste. Lo importante de tu Semana Santa no fue el sufrimiento sino que pese a ese sufrimiento Tú Resucitaste: la Pascua, vamos.
- Pues entonces ¿porqué ahora sólo salen por las calles y por la tele las procesiones del Viernes Santo y parece que la Semana Santa se acabe ahí?. Sin la Resurrección la cruz, el sólo sufrimiento, es un aberrante absurdo.
- Si ya lo sabes: a algunos les interesa manipular a otras personas con el pietismo y con el rollo absurdo de que cuanto más sufran en esta vida mejor van a estar en la otra.
- ¡Que equivocados están!.
- ¡Que equivocados están!.
- Se flagelan, se hacen heridas, se clavan en cruces en mi nombre. ¡Pero si yo no era masoquista!. ¡Si a mi me torturaron por decirle al pobre y al oprimido: “levántate y llama a Dios “Padre” que te quiere como a su hijo que eres; y te quiere vivo, libre y feliz”. Y estos van y se clavan en cruces o se despellejan la espalda...¡están desquiciados!.
- No olvides los que lloran desconsolados porqué la necesaria lluvia impide salir a “su virgen” o a “su Cristo”...
- Bueno esos pa echarles de comer aparte...Si un creyente de otra religión se pasa por aquí pensará que hay miles de madres de miles de Cristos. Y luego, durante el año, oye: nunca están por la parroquia: pero de “su paso” (una talla preciosa y carísima) son de lo más devoto...¿eso no era superstición?: poner toda la fe en un objeto inanimado y eso...
- Casi prefiero a Aramís Fuster y todo: al menos se ve el timo...
- Pues sí. Que esto deprime a cualquiera: ¿entiendes que me ponga así?.
- Y este año con más razón: después de lo de Vallecas: hasta a mi me hierve la sangre.
- Merecen dos hos...Digo: ¡Manda narices con la jerarquía!. Cierran una Iglesia porque los curas son progres y ayudan a la gente en nombre de Dios... Claro como lo que les interesa son estas nuevas sectas destructivas que se ponen del lado del opresor y del rico. ¿¡Para qué narices nací, viví, enseñé, morí y resucité!?. Padre ¿PARA QUÉ?.
- Como si no lo supieras...Para lo que también has visto durante esta Semana Santa. A ver: cuenta: soy todo orejas...y ya sabes que si quiero puedo...
- Ejem...mejor que sólo escuches y no juegues, que estoy hablando en serio.
Vale: esta Semana Santa también he visto el emocionado y amoroso reencuentro de una meiga y un mago enamorados. La esperanza dolorosa y amorosa de una hermana y una madre que han perdido alguien cercano pero que aman, esperan y confían aunque estén rotas. Las primeras florecillas de la primavera del valle que una bruja regaló por un mensaje a un aprendiz de brujo. Esta Semana Santa he visto a personas amarse, cogidas de la mano por las calles de la ciudad. Personas amándose sin importar su sexo, ni su aspecto físico, ni su lugar de origen, ni nada más que su felicidad. Porqué por ese amor es el regalo más bello que les has dado, Padre, por mucho que algunos intolerantes quieran marginarlo y destruirlo.
Esta Semana Santa he visto a personas valientes gritar que no van a permitir que destruyan Tu obra que tan bien hacen esos tres curas de Vallecas.
Y para serte sincero ahí es donde me he quedado, no en los que “pasean imágenes” olvidando la resurrección, ni en las bendiciones manipulantes de los que no tienen interés en conocernos y si pudieran nos crucificarían de nuevo.
He estado donde son capaces de amar y ser libres: en el amor de la meiga y el mago, en la dura esperanza de la madre y la hija, en las flores compartidas en la distancia de los hermanos, en el encuentro libre y festivo de los osos gays de Barcelona, en la lucha de la parroquia de Vallecas...en...
- Lo sabía. Siempre lo haces así. Anda sigue con esa canción que aunque pasada de moda me gusta oírtela cantar.
- “Baja a Dios de las nubes
llévale a la fábrica donde trabajas.
Quita a Dios del retablo
y grábale dentro de tu corazón.
Roba a Dios de los templos
donde lo encerraron hace tantos años.
Déjale libre en las plazas.
Llévale también al mercado del pueblo.
Porque Dios no es un Dios muerto
y si pensáis que está muerto
equivocados estáis”.
¡Feliz Pascua!.
- Chus: ¿qué tal ha ido la Semana Santa?.
“Baja a Dios de las nubes:
llévale a la fábrica donde trabajas...”
- ¡¡ Esa músicaaaaa!!!.
- Perdona, papaíto, no te había oído.
- ¿Cómo me ibas a oír con la música tan alta?. ¡Esta juventud!.
Te preguntaba por la Semana Santa.
- Pues ¿cómo iba a ir?. Como siempre: un auténtico calvario.
- Si es que la culpa es tuya: te empeñas en viajar y enterarte de lo que hace la gente y luego pasas un mal rato.
-¿No me digas que con el panorama que hay no es para menos?. ¿Qué hace la gente en Semana Santa?.
- Procesiones.
- Pues eso.
- Y lo bonitas que son...
- Ya, claro. Pues no decías tú lo mismo hace tres mil años, cuando lo de mi Procesión. Y aquella era real.
- Bueno claro porque veía que torturaban a mi hijo, y sufriste mucho.
- Sí, pero ¿Sólo sufrí?.
- Hombreee, nooo Al final resucitaste: no puedo explicarlo con palabras humanas (no existen) para que lo entiendan de lejos pero resucitaste. Lo importante de tu Semana Santa no fue el sufrimiento sino que pese a ese sufrimiento Tú Resucitaste: la Pascua, vamos.
- Pues entonces ¿porqué ahora sólo salen por las calles y por la tele las procesiones del Viernes Santo y parece que la Semana Santa se acabe ahí?. Sin la Resurrección la cruz, el sólo sufrimiento, es un aberrante absurdo.
- Si ya lo sabes: a algunos les interesa manipular a otras personas con el pietismo y con el rollo absurdo de que cuanto más sufran en esta vida mejor van a estar en la otra.
- ¡Que equivocados están!.
- ¡Que equivocados están!.
- Se flagelan, se hacen heridas, se clavan en cruces en mi nombre. ¡Pero si yo no era masoquista!. ¡Si a mi me torturaron por decirle al pobre y al oprimido: “levántate y llama a Dios “Padre” que te quiere como a su hijo que eres; y te quiere vivo, libre y feliz”. Y estos van y se clavan en cruces o se despellejan la espalda...¡están desquiciados!.
- No olvides los que lloran desconsolados porqué la necesaria lluvia impide salir a “su virgen” o a “su Cristo”...
- Bueno esos pa echarles de comer aparte...Si un creyente de otra religión se pasa por aquí pensará que hay miles de madres de miles de Cristos. Y luego, durante el año, oye: nunca están por la parroquia: pero de “su paso” (una talla preciosa y carísima) son de lo más devoto...¿eso no era superstición?: poner toda la fe en un objeto inanimado y eso...
- Casi prefiero a Aramís Fuster y todo: al menos se ve el timo...
- Pues sí. Que esto deprime a cualquiera: ¿entiendes que me ponga así?.
- Y este año con más razón: después de lo de Vallecas: hasta a mi me hierve la sangre.
- Merecen dos hos...Digo: ¡Manda narices con la jerarquía!. Cierran una Iglesia porque los curas son progres y ayudan a la gente en nombre de Dios... Claro como lo que les interesa son estas nuevas sectas destructivas que se ponen del lado del opresor y del rico. ¿¡Para qué narices nací, viví, enseñé, morí y resucité!?. Padre ¿PARA QUÉ?.
- Como si no lo supieras...Para lo que también has visto durante esta Semana Santa. A ver: cuenta: soy todo orejas...y ya sabes que si quiero puedo...
- Ejem...mejor que sólo escuches y no juegues, que estoy hablando en serio.
Vale: esta Semana Santa también he visto el emocionado y amoroso reencuentro de una meiga y un mago enamorados. La esperanza dolorosa y amorosa de una hermana y una madre que han perdido alguien cercano pero que aman, esperan y confían aunque estén rotas. Las primeras florecillas de la primavera del valle que una bruja regaló por un mensaje a un aprendiz de brujo. Esta Semana Santa he visto a personas amarse, cogidas de la mano por las calles de la ciudad. Personas amándose sin importar su sexo, ni su aspecto físico, ni su lugar de origen, ni nada más que su felicidad. Porqué por ese amor es el regalo más bello que les has dado, Padre, por mucho que algunos intolerantes quieran marginarlo y destruirlo.
Esta Semana Santa he visto a personas valientes gritar que no van a permitir que destruyan Tu obra que tan bien hacen esos tres curas de Vallecas.
Y para serte sincero ahí es donde me he quedado, no en los que “pasean imágenes” olvidando la resurrección, ni en las bendiciones manipulantes de los que no tienen interés en conocernos y si pudieran nos crucificarían de nuevo.
He estado donde son capaces de amar y ser libres: en el amor de la meiga y el mago, en la dura esperanza de la madre y la hija, en las flores compartidas en la distancia de los hermanos, en el encuentro libre y festivo de los osos gays de Barcelona, en la lucha de la parroquia de Vallecas...en...
- Lo sabía. Siempre lo haces así. Anda sigue con esa canción que aunque pasada de moda me gusta oírtela cantar.
- “Baja a Dios de las nubes
llévale a la fábrica donde trabajas.
Quita a Dios del retablo
y grábale dentro de tu corazón.
Roba a Dios de los templos
donde lo encerraron hace tantos años.
Déjale libre en las plazas.
Llévale también al mercado del pueblo.
Porque Dios no es un Dios muerto
y si pensáis que está muerto
equivocados estáis”.
¡Feliz Pascua!.
24 marzo 2007
TELURIA INVERNAL…MILENARIA…

Foto: nudo de “cierto Roble perdido”. ©-Lobogrino
De nuevo el aprendiz de brujo regresó, tras meses fuera de la aldea, una fría noche de invierno bajo las suaves ramas del milenario Tejo del Sagrado. Al entrar bajo el círculo de ramas colgantes una vez más las sintió como los amorosos dedos del Buen Dios acariciando su cabeza.
Al tocar el tronco, el agrio aroma de la negra y viscosa savia viva le embriagó y le hizo pensar que no todo es bello, ni siquiera en la amada naturaleza. Aquel olor dulzón y agrio, a la vez que desagradable, tenía algo de necesario y atrayente. Era el contrapunto a la belleza: la muerte que alimenta a la vida. Toda esa fuerza y esa vida llegaban desde la tierra y desde el Tejo al frágil hombre deseoso de comprender.
Al día siguiente fue otra vez al viejo Castro Celta. Ya intuía lo que había en aquel recodo del río; ya conocía la energía que emanaba de aquel mágico y ancestral lugar; y ya sabía la misión que le encomendaba: desentrañar sus secretos. Pero eso sería más adelante. Aquella gris tarde invernal sólo tenía que contemplar. Se sentó en una piedra frente a la muralla de piedras derruida y contempló durante horas. En su abstracción, y sin dejar de mirar el lugar, viajó al pasado. Y los vio y los oyó. Incluso en alguna ocasión se apartó para dejarlos pasar con sus canastas de mimbre cargadas de piedras, le llegaron a rozar con sus vestidos de esparto y sintió su perfume, oyó sus voces…Sin duda su misión empezaba…
Por la noche subió a La Lobera. Apenas llevaba la tenue luz de una vieja linterna y los 500 metros de ascenso que conocía a la perfección se convirtieron en un todo un calvario.
La fuerza que sentía en La Lobera era la tranquila energía de sus antepasados…y de sí mismo….La total certeza de que hiciese lo que hiciese y viviese donde viviese sus raíces, su refugio y su propia alma siempre pertenecían a aquel lugar.
En La Lobera, pisando la tierra y caminando por la pared de granito se sentía anclado como un libre y majestuoso roble dominando el valle. Aquella oscura y fría noche, el pueblo era la nota de luz a sus pies. Desde la cima de La Lobera el aprendiz de brujo estrechó entre sus brazos la minúscula aldea y se sintió más unido que nunca a los suyos y a su propia historia.
Días después regresó al claro del bosque donde estaba el viejo roble amado. Esta vez no pensaba en dificultades: si tenía que llegar llegaría…Y de nuevo recibió una lección.
Esta vez el mensaje del roble fue: “Ya sabes donde estoy. Si quieres visitarme ven por tus propios medios”. Y no fue fácil.
En esta ocasión no se perdió. En seguida situó el claro del bosque pero debía atravesar unos arbustos y unos matorrales que le impedían el paso. Había llovido y el monte estaba empapado y resbaladizo. Atravesando la muralla de arbustos cayó dentro de unos matorrales medio colgados en la pendiente del monte.
La sensación era la de estar en una especie de cama blanda pero no podía avanzar ni moverse. Y claro, le dio por reír. La situación era cuanto menos embarazosa. Si al menos pudiese dejarse deslizar hasta el suelo, pero la vegetación, demasiado tupida, se lo impedía. Imaginó que se hacía de noche y que moría congelado allí y todavía se rió más: era absurdo. Si hay maneras tontas de morir aquella era una de ellas. Pero como le había indicado El Roble tenía que llegar por sus propias fuerzas.
Logró medio izarse y arrastrándose por las ramas mojadas, salir empapado de la enmarañada vegetación.
Llegó al claro y subió hasta el roble. Lo abrazó y hundió su cara en el mullido, fresco y aromático musgo de la corteza. Se dejó empapar por la vida que ascendía de la tierra y de cada ser que la poblaba en aquel recóndito e impenetrable claro. Sus barbas estaban mojadas del agua y la savia vivas que manaba del musgo y de la corteza.
El Roble le habló al alma: le contó secretos que sólo podían conocer ellos dos. El aprendiz de brujo subió al nudo del tronco y durante horas, subido entre las ramas del viejo roble, contempló la viva quietud del bosque: las ramas mecidas por el viento, algún corzo que, majestuoso, cruzaba el claro, varios jabalís hozando en el suelo en busca de raíces, el sonido del musgo, de los líquenes y la hierba fresca junto a las fuentes del claro, el cuco jugando al escondite con cualquiera que le prestaba atención…
Le apenó tener que abandonar aquel lugar. Pero el Gran Roble le explicó que volverían a verse y que siempre estarían el uno en el corazón del otro.
El aprendiz de brujo, en los días siguientes, siguió recorriendo sus lugares y hablando con su gente; visitando los bosques de robles y de castaños, de genista y brezo, bebiendo a morro gélida agua cristalina de las fuentes, de los regatos y de los caminos. Regresó al bosque de su madre, aquel que le gustaba tanto a Bruja, aquel recóndito y mágico lugar dónde sólo se oía el bramido del majestuoso río y los miles de sonidos de la tierra. Aquel fascinante espacio que olía a dulce humus y que le hacía sentirse en la protección de casa. Aquel bosque amado donde el tiempo, el espacio y las preocupaciones desaparecían para convertirse en vida auténtica y tranquilidad infinita.
Más de una vez, en sus correrías invernales por los montes topó con algún jabalí que descansaba entre unas genistas para susto de ambos, o con grupos de veloces corzos que saltaban a su paso entre los matorrales.
El día antes de su regreso a la ciudad ocurrió algo extraño.
A mediodía, haciendo recados por la aldea, pasó junto al Sagrado del Templo. Se acercó distraídamente al tejo joven. Aquel que unos pocos años atrás había plantado su viejo amigo sacerdote y que los adolescentes descerebrados se empeñaban en no dejar crecer cortándole la punta. El aprendiz de brujo acarició sus pequeñas hojas mientras miraba el Viejo Tejo Milenario situado a pocos metros.
En ese momento se vio a si mismo mil años después: allí, acariciando el tronco del árbol: el pequeño tejo, mil años después se ha convertido en un enorme y viejo tejo milenario y del Gran tejo actual sólo queda un tocón de un metro de altura.
Esa sensación extraña le reconfortó. No lo había imaginado, no estaba pensando en nada. Y había ocurrido. Supo que mil años después volvería a estar allí acariciando sus árboles: las fuentes que le regalaban la vida de la Madre Tierra y le acercaban al Padre Dios.
Y volvió a la ciudad feliz sabiendo que siempre regresaría a Su Lugar.
…Incluso después de mil años…
17 marzo 2007
DOLCE&MICHELÍN...
*
Esto de escribir con una cierta frecuencia hace que uno inconscientemente vaya por la calle con “las antenas puestas” pensando que cualquier cosilla, con unas dosis de imaginación, es susceptible de poder convertirse en una historia.
Y hay para aburrir.
Viernes noche. Regreso a casa. Cansado. Mente en blanco.
De golpe mi cerebro se da cuenta. Hace ya rato que los ojos observan algo mientras la mente vaga perdida esquivando personas y ruidos de la ciudad. Camino más despacio que de costumbre. Pongo atención en lo que estoy mirando…y la veo.
Mis ojazos, parapetados detrás de las gafas, están clavados en la rítmica cintura de una joven que camina delante. Tanto que inconscientemente, mi paso se ha adaptado a ir detrás de ella para no perder ni un detalle
Lleva unos tejanos sin cintura y una chaqueta torera blanca de pelos sintéticos ceñida a su cuerpo. Pero mis ojos están parados en el enorme cinturón blanco con grandes letras metalizadas: D&G. Un enorme michelín (que hace encogerse al mío de la envidia y me obliga a pensar: “chaval: tienes que comer más callos con garbanzos, que estás en los huesos”…) se cuela por debajo de la chaquetilla torera, por encima de la cinturilla del pantalón y se incrusta en las letras de la marca, de tal forma que se ve la“D”-el michelín y media “g” que a estas alturas es ya casi minúscula por la presión.
Con esta brutal imagen en la retina necesito sentarme en un banco de la calle a reflexionar.
Esta marca de moda está en medio de la polémica por una campaña publicitaria que supuestamente han tenido que retirar. Y me da que más bien han sido ellos los que han montado todo este lío que tan pingües beneficios les está proporcionando: "que hablen de uno aunque sea mal. Pero que hablen".
Vi la famosa foto antes que el Instituto de la Mujer y cualquier entidad con sentido común pusieran el grito en el cielo. No quiero hacer aquí un análisis más allá de lo evidente: la foto en cuestión muestra a una mujer de cuerpo irreal vestida de dominatrix con cara de placer mientras un macho sudoroso la aferra por las muñecas y otros esperan el turno. No es una violación o una agresión, por supuesto (¡faltaría más!) pero sí da a entender que a la mujer le tiene que gustar la sumisión y debe ser un mero sujeto pasivo en sus relaciones con los hombres.
Como otras imágenes de campañas de esta firma esta está cargada de violencia, de cuerpos irreales, pretendiendo mostrar situaciones transgresoras (que se quedan en patéticas y cutres) y centrando la atención del cliente en los cuerpos semidesnudos de los modelos en lugar de hacerlo en el producto que venden.
De hecho nunca sé si ropa, complementos o perfume: lo que quiere decir que lo que venden no es muy bueno y la campaña tampoco.
Para rizar el rizo los diseñadores, rodeados del aura de supuesto glamour que quieren tener (y no consiguen ni de lejos, los pobres) se hacen los ofendidos y retiran la campaña por el “conservadurismo de España”.
Esto nos hace gracia pero no es del todo inocente.
Este par de mariquitazas locas (en el peor sentido de la palabra) son de los que utilizan a la mujer (al hombre también, pero más a esa mujer irreal que siempre han querido ser y no han podido) para hacerse de oro.
No es inocente que hagan un tipo de ropa y creen unos cánones estéticos que obligan a quien quiere ponérsela a estar escuálido como los modelos retocados de las fotos, incluso a riesgo de su salud o de su vida.
Y no es para nada inocente que en un momento en el que los más jóvenes (espectro poblacional al que dirigen sus productos) son violentos y machistas, mientras siguen muriendo mujeres por la violencia de sus parejas, este par de esperpentos necios inciten a ello “por pura estética” porque “quiero jugar a ser transgresora, o sea, Mari Pili te lo jjjuro por mi misma, de verdad…”.
Tanto la ropa, como las campañas de este tipo de casas de moda y de esta firma en concreto suele ser cutre, chabacana y de un mal gusto que tira para atrás. Pero afortunadamente la realidad y el sentido común se acaban imponiendo.
Viendo el cinturón brillante con las dos letras medio incrustadas en el redondo, fofo y caliente michelín de una joven que se ponía tibia a gominolas a las 9 de la noche pensé:
- “¡Ole tus ovarios, bonita!. Acabas de cargarte “por la grasa” (más que por la cara) todas las campañas pseudotransgresoras de este par de absurdos pipiolos cincuentones que peinan canas, ocultas bajo el Lady Grecian (el Farmantint es demasiado viril para ellos por más que rompan coches de mantequilla en otro anuncio violento también). Si te vieran seguro que les daba un colapso y se atragantaban en su propia tontería.
Además me juego los higadillos a que el cinturón es falso comprado por quinientas pelas al de la manta de la esquina. ¡Muy bien hecho!.
Lo tuyo sí que es glamour, estilo y falta de complejos. ¡Si señor!”.
Si es que donde esté un buen michelín logrado con trabajo y esmero, que se quite la moda y los modistos cutres.
NOTA: el mío (sólo tengo uno pero le tengo cariño: me acompaña a todas partes, consigue que las camisas de cuadros me queden tan bien…y en la playa me sirve de flotador) está en huelga de grasas caídas por el trauma: voy a tenerlo que alimentar más…
¡¡¡Vivan los michelines “Dolces”!!!.
*- Me gusta mucho más esta foto.
Esto de escribir con una cierta frecuencia hace que uno inconscientemente vaya por la calle con “las antenas puestas” pensando que cualquier cosilla, con unas dosis de imaginación, es susceptible de poder convertirse en una historia.
Y hay para aburrir.
Viernes noche. Regreso a casa. Cansado. Mente en blanco.
De golpe mi cerebro se da cuenta. Hace ya rato que los ojos observan algo mientras la mente vaga perdida esquivando personas y ruidos de la ciudad. Camino más despacio que de costumbre. Pongo atención en lo que estoy mirando…y la veo.
Mis ojazos, parapetados detrás de las gafas, están clavados en la rítmica cintura de una joven que camina delante. Tanto que inconscientemente, mi paso se ha adaptado a ir detrás de ella para no perder ni un detalle
Lleva unos tejanos sin cintura y una chaqueta torera blanca de pelos sintéticos ceñida a su cuerpo. Pero mis ojos están parados en el enorme cinturón blanco con grandes letras metalizadas: D&G. Un enorme michelín (que hace encogerse al mío de la envidia y me obliga a pensar: “chaval: tienes que comer más callos con garbanzos, que estás en los huesos”…) se cuela por debajo de la chaquetilla torera, por encima de la cinturilla del pantalón y se incrusta en las letras de la marca, de tal forma que se ve la“D”-el michelín y media “g” que a estas alturas es ya casi minúscula por la presión.
Con esta brutal imagen en la retina necesito sentarme en un banco de la calle a reflexionar.
Esta marca de moda está en medio de la polémica por una campaña publicitaria que supuestamente han tenido que retirar. Y me da que más bien han sido ellos los que han montado todo este lío que tan pingües beneficios les está proporcionando: "que hablen de uno aunque sea mal. Pero que hablen".
Vi la famosa foto antes que el Instituto de la Mujer y cualquier entidad con sentido común pusieran el grito en el cielo. No quiero hacer aquí un análisis más allá de lo evidente: la foto en cuestión muestra a una mujer de cuerpo irreal vestida de dominatrix con cara de placer mientras un macho sudoroso la aferra por las muñecas y otros esperan el turno. No es una violación o una agresión, por supuesto (¡faltaría más!) pero sí da a entender que a la mujer le tiene que gustar la sumisión y debe ser un mero sujeto pasivo en sus relaciones con los hombres.
Como otras imágenes de campañas de esta firma esta está cargada de violencia, de cuerpos irreales, pretendiendo mostrar situaciones transgresoras (que se quedan en patéticas y cutres) y centrando la atención del cliente en los cuerpos semidesnudos de los modelos en lugar de hacerlo en el producto que venden.
De hecho nunca sé si ropa, complementos o perfume: lo que quiere decir que lo que venden no es muy bueno y la campaña tampoco.
Para rizar el rizo los diseñadores, rodeados del aura de supuesto glamour que quieren tener (y no consiguen ni de lejos, los pobres) se hacen los ofendidos y retiran la campaña por el “conservadurismo de España”.
Esto nos hace gracia pero no es del todo inocente.
Este par de mariquitazas locas (en el peor sentido de la palabra) son de los que utilizan a la mujer (al hombre también, pero más a esa mujer irreal que siempre han querido ser y no han podido) para hacerse de oro.
No es inocente que hagan un tipo de ropa y creen unos cánones estéticos que obligan a quien quiere ponérsela a estar escuálido como los modelos retocados de las fotos, incluso a riesgo de su salud o de su vida.
Y no es para nada inocente que en un momento en el que los más jóvenes (espectro poblacional al que dirigen sus productos) son violentos y machistas, mientras siguen muriendo mujeres por la violencia de sus parejas, este par de esperpentos necios inciten a ello “por pura estética” porque “quiero jugar a ser transgresora, o sea, Mari Pili te lo jjjuro por mi misma, de verdad…”.
Tanto la ropa, como las campañas de este tipo de casas de moda y de esta firma en concreto suele ser cutre, chabacana y de un mal gusto que tira para atrás. Pero afortunadamente la realidad y el sentido común se acaban imponiendo.
Viendo el cinturón brillante con las dos letras medio incrustadas en el redondo, fofo y caliente michelín de una joven que se ponía tibia a gominolas a las 9 de la noche pensé:
- “¡Ole tus ovarios, bonita!. Acabas de cargarte “por la grasa” (más que por la cara) todas las campañas pseudotransgresoras de este par de absurdos pipiolos cincuentones que peinan canas, ocultas bajo el Lady Grecian (el Farmantint es demasiado viril para ellos por más que rompan coches de mantequilla en otro anuncio violento también). Si te vieran seguro que les daba un colapso y se atragantaban en su propia tontería.
Además me juego los higadillos a que el cinturón es falso comprado por quinientas pelas al de la manta de la esquina. ¡Muy bien hecho!.
Lo tuyo sí que es glamour, estilo y falta de complejos. ¡Si señor!”.
Si es que donde esté un buen michelín logrado con trabajo y esmero, que se quite la moda y los modistos cutres.
NOTA: el mío (sólo tengo uno pero le tengo cariño: me acompaña a todas partes, consigue que las camisas de cuadros me queden tan bien…y en la playa me sirve de flotador) está en huelga de grasas caídas por el trauma: voy a tenerlo que alimentar más…
¡¡¡Vivan los michelines “Dolces”!!!.
*- Me gusta mucho más esta foto.
13 marzo 2007
SI TENEMOS SUERTE…
Era el tercer día del año. Hacía frío a las diez de la noche. La madre y el hijo hablaban en la cocina junto a la lumbre mientras recogían los platos de la cena. El padre veía la tele al lado, en la salita. La hija había vuelto a la ciudad el día anterior, después del paréntesis navideño.
La madre miró al hijo a los ojos y le dijo:
- A ver si este año que empieza tenemos suerte.
El hijo le devolvió la mirada tiernamente y se oyó decir.
- Madre. YA tenemos suerte. Puede que no nos sobre el dinero. Quizá no tengamos los mejores trabajos. Pero acabamos de pasar La Navidad juntos. Siempre que podemos lo estamos. Nos queremos. Tenemos este techo acogedor cuando regresamos a vuestro lado. Tenemos salud. Lo importante es eso. Es lo bien que estamos cuando estamos juntos.
Lo que importa es reír, hablar, disfrutar de nuestra compañía: es lo único y lo más preciado que nos vamos a llevar.
Mira “fulanito” o “menganita”: tienen dinero a espuertas, trabajos fantásticos y siempre están peleados. No se juntan nunca. No hablan, no se ríen, no pasean juntos por los campos o siembran patatas, no plantan castaños o hacen empanadas, no se regalan detalles por Navidad…
Nosotros sí.
Madre: ya tenemos suerte. Que deseemos que haya cosas que se arreglen este año, claro: siempre es bueno que las cosas mejoren. Pero yo ya me siento el hombre más afortunado del mundo por tener la familia que poseo. No necesito más suerte. Me tocó la mejor de las loterías el día que nací en este hogar y os conocí.
Madre e hijo se abrazaron emocionados. La madre se fue a la salita con el padre y el hijo quedó leyendo al calor de la lumbre.
Se sentía inmensamente afortunado.
La madre miró al hijo a los ojos y le dijo:
- A ver si este año que empieza tenemos suerte.
El hijo le devolvió la mirada tiernamente y se oyó decir.
- Madre. YA tenemos suerte. Puede que no nos sobre el dinero. Quizá no tengamos los mejores trabajos. Pero acabamos de pasar La Navidad juntos. Siempre que podemos lo estamos. Nos queremos. Tenemos este techo acogedor cuando regresamos a vuestro lado. Tenemos salud. Lo importante es eso. Es lo bien que estamos cuando estamos juntos.
Lo que importa es reír, hablar, disfrutar de nuestra compañía: es lo único y lo más preciado que nos vamos a llevar.
Mira “fulanito” o “menganita”: tienen dinero a espuertas, trabajos fantásticos y siempre están peleados. No se juntan nunca. No hablan, no se ríen, no pasean juntos por los campos o siembran patatas, no plantan castaños o hacen empanadas, no se regalan detalles por Navidad…
Nosotros sí.
Madre: ya tenemos suerte. Que deseemos que haya cosas que se arreglen este año, claro: siempre es bueno que las cosas mejoren. Pero yo ya me siento el hombre más afortunado del mundo por tener la familia que poseo. No necesito más suerte. Me tocó la mejor de las loterías el día que nací en este hogar y os conocí.
Madre e hijo se abrazaron emocionados. La madre se fue a la salita con el padre y el hijo quedó leyendo al calor de la lumbre.
Se sentía inmensamente afortunado.
03 marzo 2007
Como la rabia de amar…¡ALEGRÍA!
“Si no tienes voz
GRITA.
Si no tienes piernas
CORRE.
Si no tienes esperanza
INVENTA”.
“Alegría
Como la luz de la vida
Alegría
Como un payaso que grita
Alegría
Del estupendo grito
De la tristeza loca
Serena,
Como la rabia de amar
Alegría
Como un asalto de felicidad”.
Hace un tiempo una Bruja me regaló un pase a un mundo mágico y el sueño se convirtió en fabulosa realidad durante un bello instante.
“¿Y si todo fuera posible? ¿Si el bufón del rey tuviera razón? ¿Si el escenario se convirtiera en un mundo fantástico donde los viejos vuelven a ser jóvenes, y donde los reyes sean payasos? ¿Y si te conviertes en rey por algunas horas? Si esto fuera Alegría”. Franco Dragone.
Para mi “Alegría” no es un espectáculo circense-acrobático más. Posee muchas otras connotaciones personales más profundas. Tan profundas que las melodías de las canciones me llegan a lo más hondo del alma cada vez que las escucho y me traen montones de recuerdos, montones de vida y montones de alegría.
Es curioso pero esa sola palabra “Alegría” encierra todo un misterio, todo un universo de algo muy muy bello. En un mundo a veces duro y lleno de sombras que aplastan la luz una palabra sola abre la puerta de la paz, la calma y el optimismo “Alegría”.
“No nos hacemos ilusiones. Los niños de la calle no verán “Alegría”. Reír es todavía un lujo que ellos no pueden permitirse. Esta noche nuestro grito de júbilo se convertirá en un llanto de rabia por los millones de jóvenes corazones que volverán a helarse en los suburbios de nuestra buena voluntad. Que “Alegría” se convierta en un grito de unión de todos aquellos que todavía tenemos voz”. Franco Dragone.
La gran carpa blanca se yergue majestuosa junto al Mediterráneo.
La gente se agolpa esperando en la sala llena de productos carísimos y amables vendedores deseosos de venderlos. Huele a palomitas de maíz.
La subida hacia las gradas es como la ascensión al camarín del Santo: lenta, emocionada, expectante. Emocionado contemplo el gigantesco espacio, donde se escuchan bellos trinos de aves, con el gran escenario en medio.
A las nueve en punto los actores comienzan a moverse por pista.
Una pena que un grupo de pijos y bobos informáticos de convención llegasen tarde y en tromba haciendo ruido: no está hecha la miel para la boca del asno. Como también es lastimoso que se tenga que exigir a adultos que, a fin de no desconcentrar a los artistas que se juegan la vida, apaguen cámaras y teléfonos. Pese a la advertencia no cesaron los flashes…
Clowns y músicos ocupan sus puestos tras pasear por las gradas y empezar a caldear el ambiente: vestuario de época, maquillajes de ensueño, gestos teatrales. La potente y mágica música embriaga el alma desde la primera nota y… ¡Comienza la función!.
Una trapecista desafía la gravedad con giros espectaculares desde los oscilantes trapecios. No hay red y sus movimientos son seguros pese a haber momentos en los que se sostiene cabeza abajo sólo por el empeine de los pies…
Los artistas del Power Track hacen una exhibición de saltos y cabriolas imposibles sobre el suelo elástico en una impecable danza cargada de belleza y magnetismo. Cada salto, cada movimiento están ligados a una nota musical en coordinación y perfección absoluta donde no sobra ni falta nada.
Mágica es la danza del fuego, también. Si a mi que estoy a veinte metros me llega el calor ¿cómo pueden esos hombres que hacen malabarismos con antorchas no quemarse?.
Entre los números cargados de fuerza y tensión los payasos relajan el ambiente con sus inteligentes y tiernos juegos que arrancan carcajadas a la abarrotada gradería. ¿Cómo se puede hacer reír de esa forma a dos mil quinientas personas con sólo un avión de papel?.
Una gimnasta contorsionista tras varios ejercicios de cinta perfectos baila con una docena de aros mientras su cuerpo adopta formas imposibles.
Y por fin “La Tormenta”: una bellísima y triste historia de un viaje, un amor repentino, una marcha sin despedida, una carta y una búsqueda desesperada en medio de la tormenta. Todo ello sin que el clown que lo protagoniza diga una sola palabra mientras expresa infinitos sentimientos que conmueven.
Tras la pausa y otra bronca a los lerdos informáticos por buena parte de la grada (no formaba parte del programa) se deshace el orden natural de las leyes físicas:
Un hombre suspendido del techo por dos cuerdas vuela por encima del público. El aire en sus pantalones de seda y sus fuertes brazos impeliéndole a todo tipo de imposibles movimientos muestran que la gravedad no existe y sí: el ser humano puede volar. Desaparecen de la vista las cuerdas y sólo se ve un hombre volando y girando por encima de las cabezas del asombrado público.
Tras él las “Barras Rusas”: quince gimnastas elegantemente vestidos de época y con blancas pelucas empolvadas realizan saltos imposibles sobre unos largos palos que aguantan entre dos. Vueltas, cambios de un palo a otro, giros…Sin duda el hombre puede volar, sí.
Un momento más relajado mientras un equilibrista muestra fuerza y destreza sobre unos postes de madera.
Llevo con la boca abierta desde que me senté en la butaca. Y aún me queda…
Ahora dos payasos parodian los números anteriores. Se ríen hasta de su propia sombra y hacen que el público estalle en carcajadas cuando llevan a escena a un espectador que les ayuda a parodiar a los equilibristas rusos.
De nuevo música fantástica y evocadora y dos contorsionistas orientales maravillan al público: me duele la espalda y todos los huesos sólo con mirarlas. ¿Tendrán huesos?, ¿serán de goma?. Hay momentos en los que tienes que esforzarte para saber donde tienen las partes del cuerpo y a cual de ellos corresponde aquella cabeza o aquella mano que aparece girada.
Las leyes de la anatomía también desaparecen sin que las bellas jóvenes pierdan la agradable sonrisa. Si no lo tuviese a escasos metros no lo creería. Pero doy fe de que es real. Impresionante.
El último número: las “Barras Aéreas”: siete trapecistas, esta vez con red, hacen todo tipo de piruetas y “saltos mortales” múltiples suspendidos de barras de lo alto del techo desafiando la gravedad y sin abandonar los gestos ni las poses de danza.
Antes, las dos cantantes, una vestida de blanco y otra de negro cantan una bellísima canción:
Querer
"Dentro del corazón
Sin pudor, sin razón
Con el fuego de la pasión
Querer
Sin mirar hacia atrás
A través de los ojos
Siempre y todavía mas
Amar
Para poder luchar
Contra el viento y volar
Descubrir la belleza del mar
Querer
Y poder compartir
Nuestra sed de vivir
El regalo que nos da el amor
Es la vida
Querer
Entre cielo y mar
Sin fuerza de gravedad
Sentimiento de libertad
Querer
Sin jamás esperar
Dar solo para dar
Siempre y todavía mas
Amar
Para poder luchar
Contra el viento y volar
Descubrir la belleza del mar
Querer
Y poder compartir
Nuestra sed de vivir
El regalo que nos da el amor
Es la vida
Querer
Dentro del corazón
Sin pudor, sin razón
Con el fuego de la pasión
Y volar”.
Acaba la función mientras las cantantes vuelven a cantar “Alegría” con los 59 artistas saliendo a saludar, sin abandonar la sonrisa, la danza ni la perfección de formas.
Durante dos breves horas han sido capaces de crear belleza y de transportar con sus elegantes movimientos, sus maquillajes y vestuarios de ensueño, sus danzas, sus acrobacias imposibles y su embriagadora música a un mundo donde lo fantástico es la realidad y donde la magia reina por completo.
Ese mundo existe. Afortunadamente.
Regresaba por las calles desiertas de la nocturna Barcelona convencido que, más allá del espectáculo vivido, una palabra: “Alegría” puede hacer mejor el mundo y nuestros corazones con sólo dejarnos transportar por su música y por su magia.
“Alegría
Como la luz de la vida
Alegría
Como un payaso que grita
Alegría
Del estupendo grito
De la tristeza loca
Serena,
Como la rabia de amar
Alegría
Como un asalto de felicidad”.
“Si no tienes voz
GRITA.
Si no tienes piernas
CORRE.
Si no tienes esperanza
INVENTA”.
¡¡¡Feliz Alegría!!!
*Gracias Bruja.
http://www.youtube.com/watch?v=eP6AJXprOXc&mode=related&search=
http://www.youtube.com/watch?v=A37xJ2hj1Sk&mode=related&search=
http://www.youtube.com/watch?v=8nEsgpGJbr4
http://www.youtube.com/watch?v=hgLdrDFuaHg&mode=related&search=
http://www.youtube.com/watch?v=ZHs3bQ3777E&mode=related&search=
http://www.youtube.com/watch?v=dwDVwa_iBTU
25 febrero 2007
LA OTRA SEÑORA
*- Dedicado con cariño a Bruja y a Pon.
Había quedado con mi amigo Jacme a la puerta de la FNAC de Plaza Cataluña. En la terraza del Zurich decenas de turistas, inmóviles como lagartos, se calentaban al radiante y molesto sol de aquella mañana de invierno veraniego.
Por Las Ramblas centenares de turistas fotografiando a los artistas, esos que ahora para poder estar ahí tienen que casi pasar una oposición. La Rambla de los Pájaros, esa que quieren hacer desaparecer, va cambiando bellos animales vivos por feos peluches de trapo. La Rambla de las Flores de momento parece que sigue como siempre; pero cualquier día una “protectora de los derechos personales del geranio” igual también consigue quitarla. Con tanto turista cutre y tanto mercadeo absurdo en serie cada vez detesto más Las Ramblas. Sólo en los últimos 10 años ha desaparecido por completo aquel lejano espíritu cargado de historias de gente auténtica en un microcosmos único. Ahora es un parque temático para turistas despistados y para carteristas avispados. De hecho media Barcelona es un parque temático para turistas. Cualquier día a los que vivimos aquí nos ponen barretina y nos colocan de figurantes por las esquinas…
Dejamos Las Ramblas por la calle Sant Pau, detrás del Liceu. Entramos en una minúscula librería. El impacto es salvaje. El libro más reciente debe tener no menos de 30 años y ser de cuarta mano. Sólo venden libros de teatro, montones de libros de teatro. Desde los clásicos hasta libros de teatro de autor de los años 70, colecciones en catalán de editoriales desaparecidas hace décadas. En el escaparate hay alguna cosa más reciente pero parece que sea de adorno. El mayor impacto es el olfativo y el táctil. Hay un intenso olor a humedad a polvo y a papel medio en descomposición. Al tocar el tercer libro, que parece que se vaya a deshacer, las manos están cubiertas de costra como las de un carbonero. Hojeo un libro nuevo sobre maquillaje en el teatro. Tiene fotos de Paco Rabal con no más de 30 años caracterizado como diversos personajes teatrales.
Pese a no haber estado nunca en aquella librería hay algo en ella que me resulta muy familiar. Como un vago recuerdo de algo…
En la calle paralela pasamos ante otra vieja librería reconvertida en tienda de globos terráqueos. Como apasionado por la geografía no puedo reprimir un grito de emoción. Los hay a centenares: pequeños, inmensos, antiguos, en relieve, suspendidos del techo, con o sin luz, de colores o de tono mate, del universo o de las depresiones marinas,…: una maravilla única. Un lugar para quedarse a vivir.
Seguimos por el corazón del Raval y cerca ya de las Atarazanas Jacme se para delante de la puerta de madera pintada de verde vieja y sucia de una planta baja. Hay un cartel poco convincente de “cuidado con el perro”. De la parte superior de la puerta pende un cordón con un aro. Al tirar de éste se oye una campana en el interior. Sale a abrir una treintañera hablando catalán con indefinido acento que bien podría ser argentino. Nos saluda y entramos. O más bien viajamos. Porque entrar allí es como transportarse en el tiempo y en el espacio. El lugar es un taller de marionetas donde también se imparten cursos sobre el tema. Desde la entrada todo tipo de títeres de cartón colgados de las paredes y el techo, cubiertos de varias capas de polvo nos dan la bienvenida.
Caminamos despacio por un pasillo en penumbra. A la izquierda una mínima cocina con un fregadero. Una chica que desayuna nos saluda. A la derecha del pasillo una mesa camilla con faldas y mantel de hule de flores, a la que está sentado un esqueleto de cartón tamaño natural y un viejo sofá de espuma con una manta arrebujada señal de que alguien ha dormido recientemente allí.
Junto a la minúscula cocina americana una escalera de mecano se interna hacia el techo de donde llegan las voces de las dos chicas y de más gente.
Todo esto enmarcado por decenas de marionetas, materiales para su confección, todo tipo de objetos viejos, una suciedad más que evidente y el penetrante olor a humedad, a cerrado, a papel viejo, a disolvente caducado, y sobre todo a antiguo, a muy antiguo.
El pasillo acaba en tres peldaños que descienden a una gran sala cuadrangular. Está bien iluminada con luz fluorescente. Es el taller-teatro.
En la pared de enfrente y la de la izquierda una mesa corrida pegada a la pared llena de objetos y materiales es donde trabajan. Un hombre mayor pero no anciano de larga y blanca barba confecciona marionetas. Mientras habla con mi amigo curioseo. En el extremo opuesto de la sala hay un escenario de títeres. Todo él es de color negro. A su alrededor se amontonan cajas llenas de marionetas. Aquí también las hay colgadas en las paredes y el techo. En la columna central de la sala hay varios objetos y una silla. Cuando su ocupante se mueve doy un respingo. Lo cierto es que no me había fijado apenas en él y había supuesto que era otro muñeco sentado. En realidad es un abuelo más acartonado que los objetos que hay allí. Se levanta camina dos pasos y vuelve a su inmovilidad de la silla. Alucinante: si no fuese porque le he visto mover seguiría jurando que es otra marioneta.
En aquel santuario atemporal que parece no haber avanzado más allá de las comunas de los años 60 o de la “Gauche Divine” no entra el ruido ni ningún resquicio de la moderna Barcelona de la Torre Agkbar, El Forum o el “Fashion Week”.
Me fascina por completo y el intenso aroma a antiguo me transporta y me hace revivir de nuevo esa familiar situación que no acabo de recordar…
Después visitamos una tienda de juguetes antiguos donde puedes comprar cabezudos de cartón. Tiene que ser ideal tener uno en tu salón…o tener un salón lo suficientemente grande como para poder tener uno…Personalmente no lo necesito: soy más cabezota y casi más cabezudo que ellos…
Subiendo por las calles que rodean Santa María del Pí de nuevo las riadas de turistas: después del breve paréntesis regresamos a la agobiante normalidad.
Pero aún quedan sorpresas…
En la calle de los anticuarios, casi ya cerca de la Catedral entramos en una vieja librería tras bajar una rampa.
Aquello de nuevo es otro mundo, mientras los turistas pasean ruidosos y ajenos a él.
El olor a humedad, a polvo y sobre todo a libro viejo es tan brutal que hasta marea.
La librería es una gran habitación rectangular repleta de libros muy viejos colocados en las paredes laterales así como en los altillos de la entrada y el fondo. Ahí hay dos puertas que dan a la trastienda tapadas con pesadas cortinas rojas llenas de polvo.
En medio de la sala tres enormes mesas cubiertas de miles de láminas con dibujos y gravados enmarcados en cartón gris. Y libros, montones de libros viejos desordenados.
Entre las mesas, clasificando las láminas está el librero: un individuo atemporal. Levanta poco más de un metro y medio del suelo, viste con un viejo y sucio jersey azul pasado de moda hace más de 40 años. Piel cerúlea brillante, gruesas gafas de pasta, pelo negro ralo y grasiento y gesto escudriñador.
Mi amigo pregunta por un libro. El hombre saca una escalera metálica de algún lugar y alcanza el libro. El olor a libros viejos y a humedad es tan profundo que llega a emborrachar como si fuese una droga.
Jacme pregunta el precio mientras, embriagado, me pierdo entre centenares de dibujos del s.XIX de plantas, ciudades, anatomía humana…
El librero vuelve a coger la escalera que no logro saber donde esconde, abre la portezuela del escaparate que da a la calle donde manadas de turistas ignoran aquel rincón de otra época, y vuelve con unos papeles. Son hojas descoloridas de cuadernos y folios de diferentes tamaños. Aparecen garrapateados a mano, de forma caótica los títulos y precios de los libros.
Mi amigo y yo intercambiamos una mirada cómplice mientras el hombre escudriña aún más entre las hojas desastradas.
Miro hacia la trastienda y ya sé cual es el recuerdo que me perseguía toda la mañana. Aquella extraña librería es como la antesala del “Cementerio del Libros Olvidados”, aquel olor tan fuerte y penetrante su aroma y quizá el librero su guardián disfrazado. ¡Existe!.
Un desagradable graznido me devuelve a la realidad:
- Cuarenta euros.
Salimos. Sin el libro. Claro. El contraste del aire de la calle es fuerte. Como lo es saber que no a muchos metros de allí está la FNAC con sus jóvenes vendedores de impolutos chalecos verdes consultando en modernos ordenadores si les queda algún ejemplar de una novela publicada pocos años atrás.
Mi amigo me enseña la fachada originaria de la Catedral de Barcelona. Que es la fachada del lateral izquierdo, junto al Palacio del Rey. A gran altura hay una puerta tapiada y los restos cortados en la pared de la catedral de un antiguo puente-arco que comunicó en la Edad Media ambos edificios: era por donde el Rey entraba a la Catedral. Esta fachada tiene encima una torre octogonal espectacular, muy similar a las de de Santa María del Mar. Un cimborrio gótico espectacular que apenas se ve, tapado por las feas torres neobarrocas de la actual fachada principal. Los turistas pasan sin verla y sin detenerse. Nosotros admiramos embobados aquella maravilla de portada gótica.
No puedo dejar de acercarme a la Plaza de Sant Felip Neri. Nada más llegar, en el fondo de la plaza una soprano canta con inigualable voz. Es de mediana edad y lleva las largas hebras de cabellos plateados recogidas en un moño. La he visto más veces por la zona. Pero allí me hace pensar en Núria Montfort y una genial novela. En un mágico tiempo pasado que no conocí pero que esta cálida mañana de invierno he podido sentir, tocar y respirar. Sobre todo respirar.
Regresamos por el Portal del Ángel a la vida cotidiana.
Afortunadamente aún existe otra Bella Señora Barcelona cerca. Una Bella Señora que embriaga con aroma a libros viejos, títeres extraños y personajes peculiares.
Imagino una mariposa azul haciéndole un guiño...
Había quedado con mi amigo Jacme a la puerta de la FNAC de Plaza Cataluña. En la terraza del Zurich decenas de turistas, inmóviles como lagartos, se calentaban al radiante y molesto sol de aquella mañana de invierno veraniego.
Por Las Ramblas centenares de turistas fotografiando a los artistas, esos que ahora para poder estar ahí tienen que casi pasar una oposición. La Rambla de los Pájaros, esa que quieren hacer desaparecer, va cambiando bellos animales vivos por feos peluches de trapo. La Rambla de las Flores de momento parece que sigue como siempre; pero cualquier día una “protectora de los derechos personales del geranio” igual también consigue quitarla. Con tanto turista cutre y tanto mercadeo absurdo en serie cada vez detesto más Las Ramblas. Sólo en los últimos 10 años ha desaparecido por completo aquel lejano espíritu cargado de historias de gente auténtica en un microcosmos único. Ahora es un parque temático para turistas despistados y para carteristas avispados. De hecho media Barcelona es un parque temático para turistas. Cualquier día a los que vivimos aquí nos ponen barretina y nos colocan de figurantes por las esquinas…
Dejamos Las Ramblas por la calle Sant Pau, detrás del Liceu. Entramos en una minúscula librería. El impacto es salvaje. El libro más reciente debe tener no menos de 30 años y ser de cuarta mano. Sólo venden libros de teatro, montones de libros de teatro. Desde los clásicos hasta libros de teatro de autor de los años 70, colecciones en catalán de editoriales desaparecidas hace décadas. En el escaparate hay alguna cosa más reciente pero parece que sea de adorno. El mayor impacto es el olfativo y el táctil. Hay un intenso olor a humedad a polvo y a papel medio en descomposición. Al tocar el tercer libro, que parece que se vaya a deshacer, las manos están cubiertas de costra como las de un carbonero. Hojeo un libro nuevo sobre maquillaje en el teatro. Tiene fotos de Paco Rabal con no más de 30 años caracterizado como diversos personajes teatrales.
Pese a no haber estado nunca en aquella librería hay algo en ella que me resulta muy familiar. Como un vago recuerdo de algo…
En la calle paralela pasamos ante otra vieja librería reconvertida en tienda de globos terráqueos. Como apasionado por la geografía no puedo reprimir un grito de emoción. Los hay a centenares: pequeños, inmensos, antiguos, en relieve, suspendidos del techo, con o sin luz, de colores o de tono mate, del universo o de las depresiones marinas,…: una maravilla única. Un lugar para quedarse a vivir.
Seguimos por el corazón del Raval y cerca ya de las Atarazanas Jacme se para delante de la puerta de madera pintada de verde vieja y sucia de una planta baja. Hay un cartel poco convincente de “cuidado con el perro”. De la parte superior de la puerta pende un cordón con un aro. Al tirar de éste se oye una campana en el interior. Sale a abrir una treintañera hablando catalán con indefinido acento que bien podría ser argentino. Nos saluda y entramos. O más bien viajamos. Porque entrar allí es como transportarse en el tiempo y en el espacio. El lugar es un taller de marionetas donde también se imparten cursos sobre el tema. Desde la entrada todo tipo de títeres de cartón colgados de las paredes y el techo, cubiertos de varias capas de polvo nos dan la bienvenida.
Caminamos despacio por un pasillo en penumbra. A la izquierda una mínima cocina con un fregadero. Una chica que desayuna nos saluda. A la derecha del pasillo una mesa camilla con faldas y mantel de hule de flores, a la que está sentado un esqueleto de cartón tamaño natural y un viejo sofá de espuma con una manta arrebujada señal de que alguien ha dormido recientemente allí.
Junto a la minúscula cocina americana una escalera de mecano se interna hacia el techo de donde llegan las voces de las dos chicas y de más gente.
Todo esto enmarcado por decenas de marionetas, materiales para su confección, todo tipo de objetos viejos, una suciedad más que evidente y el penetrante olor a humedad, a cerrado, a papel viejo, a disolvente caducado, y sobre todo a antiguo, a muy antiguo.
El pasillo acaba en tres peldaños que descienden a una gran sala cuadrangular. Está bien iluminada con luz fluorescente. Es el taller-teatro.
En la pared de enfrente y la de la izquierda una mesa corrida pegada a la pared llena de objetos y materiales es donde trabajan. Un hombre mayor pero no anciano de larga y blanca barba confecciona marionetas. Mientras habla con mi amigo curioseo. En el extremo opuesto de la sala hay un escenario de títeres. Todo él es de color negro. A su alrededor se amontonan cajas llenas de marionetas. Aquí también las hay colgadas en las paredes y el techo. En la columna central de la sala hay varios objetos y una silla. Cuando su ocupante se mueve doy un respingo. Lo cierto es que no me había fijado apenas en él y había supuesto que era otro muñeco sentado. En realidad es un abuelo más acartonado que los objetos que hay allí. Se levanta camina dos pasos y vuelve a su inmovilidad de la silla. Alucinante: si no fuese porque le he visto mover seguiría jurando que es otra marioneta.
En aquel santuario atemporal que parece no haber avanzado más allá de las comunas de los años 60 o de la “Gauche Divine” no entra el ruido ni ningún resquicio de la moderna Barcelona de la Torre Agkbar, El Forum o el “Fashion Week”.
Me fascina por completo y el intenso aroma a antiguo me transporta y me hace revivir de nuevo esa familiar situación que no acabo de recordar…
Después visitamos una tienda de juguetes antiguos donde puedes comprar cabezudos de cartón. Tiene que ser ideal tener uno en tu salón…o tener un salón lo suficientemente grande como para poder tener uno…Personalmente no lo necesito: soy más cabezota y casi más cabezudo que ellos…
Subiendo por las calles que rodean Santa María del Pí de nuevo las riadas de turistas: después del breve paréntesis regresamos a la agobiante normalidad.
Pero aún quedan sorpresas…
En la calle de los anticuarios, casi ya cerca de la Catedral entramos en una vieja librería tras bajar una rampa.
Aquello de nuevo es otro mundo, mientras los turistas pasean ruidosos y ajenos a él.
El olor a humedad, a polvo y sobre todo a libro viejo es tan brutal que hasta marea.
La librería es una gran habitación rectangular repleta de libros muy viejos colocados en las paredes laterales así como en los altillos de la entrada y el fondo. Ahí hay dos puertas que dan a la trastienda tapadas con pesadas cortinas rojas llenas de polvo.
En medio de la sala tres enormes mesas cubiertas de miles de láminas con dibujos y gravados enmarcados en cartón gris. Y libros, montones de libros viejos desordenados.
Entre las mesas, clasificando las láminas está el librero: un individuo atemporal. Levanta poco más de un metro y medio del suelo, viste con un viejo y sucio jersey azul pasado de moda hace más de 40 años. Piel cerúlea brillante, gruesas gafas de pasta, pelo negro ralo y grasiento y gesto escudriñador.
Mi amigo pregunta por un libro. El hombre saca una escalera metálica de algún lugar y alcanza el libro. El olor a libros viejos y a humedad es tan profundo que llega a emborrachar como si fuese una droga.
Jacme pregunta el precio mientras, embriagado, me pierdo entre centenares de dibujos del s.XIX de plantas, ciudades, anatomía humana…
El librero vuelve a coger la escalera que no logro saber donde esconde, abre la portezuela del escaparate que da a la calle donde manadas de turistas ignoran aquel rincón de otra época, y vuelve con unos papeles. Son hojas descoloridas de cuadernos y folios de diferentes tamaños. Aparecen garrapateados a mano, de forma caótica los títulos y precios de los libros.
Mi amigo y yo intercambiamos una mirada cómplice mientras el hombre escudriña aún más entre las hojas desastradas.
Miro hacia la trastienda y ya sé cual es el recuerdo que me perseguía toda la mañana. Aquella extraña librería es como la antesala del “Cementerio del Libros Olvidados”, aquel olor tan fuerte y penetrante su aroma y quizá el librero su guardián disfrazado. ¡Existe!.
Un desagradable graznido me devuelve a la realidad:
- Cuarenta euros.
Salimos. Sin el libro. Claro. El contraste del aire de la calle es fuerte. Como lo es saber que no a muchos metros de allí está la FNAC con sus jóvenes vendedores de impolutos chalecos verdes consultando en modernos ordenadores si les queda algún ejemplar de una novela publicada pocos años atrás.
Mi amigo me enseña la fachada originaria de la Catedral de Barcelona. Que es la fachada del lateral izquierdo, junto al Palacio del Rey. A gran altura hay una puerta tapiada y los restos cortados en la pared de la catedral de un antiguo puente-arco que comunicó en la Edad Media ambos edificios: era por donde el Rey entraba a la Catedral. Esta fachada tiene encima una torre octogonal espectacular, muy similar a las de de Santa María del Mar. Un cimborrio gótico espectacular que apenas se ve, tapado por las feas torres neobarrocas de la actual fachada principal. Los turistas pasan sin verla y sin detenerse. Nosotros admiramos embobados aquella maravilla de portada gótica.
No puedo dejar de acercarme a la Plaza de Sant Felip Neri. Nada más llegar, en el fondo de la plaza una soprano canta con inigualable voz. Es de mediana edad y lleva las largas hebras de cabellos plateados recogidas en un moño. La he visto más veces por la zona. Pero allí me hace pensar en Núria Montfort y una genial novela. En un mágico tiempo pasado que no conocí pero que esta cálida mañana de invierno he podido sentir, tocar y respirar. Sobre todo respirar.
Regresamos por el Portal del Ángel a la vida cotidiana.
Afortunadamente aún existe otra Bella Señora Barcelona cerca. Una Bella Señora que embriaga con aroma a libros viejos, títeres extraños y personajes peculiares.
Imagino una mariposa azul haciéndole un guiño...
20 febrero 2007
CHOVE EN SANTIAGO
CHOVE EN SANTIAGO
Chove en Santiago
meu doce amor
camelia branca do ar
brila entebrecida ao sol.
Chove en Santiago
na noite escura.
Herbas de prata e sono
cobren a valeira lúa.
Olla a choiva pola rúa
laio de pedra e cristal.
Olla no vento esvaido
soma e cinza do teu mar.
Soma e cinza do teu mar
Santiago, lonxe do sol;
agoa da mañan anterga
trema no meu corazón.
Letra: FEDERICO GARCIA LORCA.
Música: ALBERTO GAMBINO.
El año 1916 Federico García Lorca visita por vez primera Galicia en viaje de estudios. Posteriormente, estando ya en la Residencia de Estudiantes donde conoce a estudiosos gallegos y descubre a autores de la talla de Rosalía de Castro, Martín Codas o Eduardo Pondal, García Lorca inicia una relación con la tierra gallega. Con su compañía de teatro “La Barraca” regresa en varias ocasiones.
Profundo conocedor de la lírica gallega escribe seis hermosas obras en el libro “Seis poemas gallegos” impreso en diciembre de 1935, poco antes de su asesinato, en la editorial gallega Nós dirigida por el galleguista y alcalde de Santiago Ánxel Casal.
Este poema se titula “Madrigal á cibdá de Santiago” (“Madrigal a la ciudad de Santiago”).
“Curiosamente” escritor y editor fueron fusilados impunemente en las mismas fechas; sus asesinatos se conocieron el mismo día, el 19 de agosto de 1936, a mil kilómetros de distancia; en las afueras de Granada y Santiago respectivamente.
En 1999 el grupo de música Luar na Lubre, uno de los precursores en la recuperación de la música tradicional gallega, y sin duda el mejor grupo musical de todos los tiempos, en el disco “Cabo do mundo” pone melodía al poema de Lorca. La fantástica e inigualable voz de Rosa Cedrón, así como la perfecta fractura musical de la gaita de Bieito Romero, líder del grupo, o el espectacular violín de Eduardo Coma hacen el resto: consiguen convertir ese sencillo poema en algo mágico capaz de transportar mucho más allá del contenido de las palabras y los acordes. Capaz de llevar a Galicia, a Santiago, a la tierra, al centro del alma, a la profundidad de lo que somos y lo que llegaremos a ser…a…“chover en Santiago”.
Independientemente de los datos en Santiago siempre “chove”:
Llegué a Santiago un frío día de diciembre. Hacía días que mis ojos no veían delante otra cosa que una densa cortina de lluvia. Lluvia en la cara, en las ropas y en el cuerpo; barro en las botas hasta las rodillas e inmensidad de verde a mi alrededor.
En Santiago llovía a mares. Era mediodía, no había ni un alma en la Plaza de Platerías ni en la del Obradoiro. La catedral estaba vacía; quizá sólo algún turista despistado. Entré, me quité la empapada capa de agua, me senté en un banco y…estuve a punto de salir corriendo asqueado. Mis ojos, acostumbrados durante días al espectacular verde de los prados y al marrón del barro en las corredoiras chirriaron ante los oropeles de los angelotes barrocos del Altar Mayor. Conté hasta 10, me serené y me acerqué a abrazar a Santo. Más por no decir que no lo había hecho que por querer hacerlo. Yo quería seguir caminando, ser libre en las corredoiras embarradas y los prados mojados. Los pocos peldaños de la escalera se hicieron eternos. Y al llegar: primera lección. En el abrazo empezó a llover de verdad en Santiago. Empezó la “lluvia salada” que no cesaría hasta abandonar la ciudad día y medio después. Mientras estoy fundido en un abrazo de muchos minutos con aquel busto, llorando como un niño, un turista me observa a distancia y hace fotos. Me tienta decirle: “tira la cámara y las comodidades y vete al Camino para abrazar cuando llegues a Santiago, a tu Dios, a los tuyos y a tu propia vida”.
Voy al albergue: es viejo, sucio, destartalado, con ventanas que no cierran, inmenso y estoy solo. Hace frío y hasta creo que en la habitación (que parece sacada de un hospital de la 2ª Guerra Mundial) hay goteras. Me cambio para ponerme ropa algo menos mojada que la que llevo encima y envío un mensaje telefónico a la buena amiga Gloria: “Llueve salado en Santiago…”.
Y así fue todo el día.
Por la tarde paseo y descubro la bellísima ciudad bajo la lluvia. No distingo si lo que hay delante de mis ojos es la cortina de lluvia que cae del cielo o la cortina de lluvia salada que cae de mi alma. Tanto da. Estoy raro, me noto tenso, como alma en pena de noche por las calles mojadas de la vieja ciudad. Sé que hay algo que tiene que salir…
El reflejo de La Catedral en los charcos de la lluvia de Santiago, esa que tan bien describe Lorca, es espectacular y mágico. Tengo la sensación de no estar en el siglo XXI. Con mi capa de agua que semeja un hábito, pisando los adoquines centenarios que durante siglos hollaron pies tan deseosos de sentido como lo están hoy los míos y en cuyos charcos se reflejan gárgolas, torres, capiteles pétreos con escenas bíblicas y con la tenue luz amarillenta, que bien podría ser la de antorchas medievales, me siento en otra época, en un espacio atemporal, a la vez que soy consciente que pocos momentos en mi vida he disfrutado tanta realidad.
El día siguiente amanece soleado. Pero mi interior está aún más revuelto que ayer. Mis pasos giran una y otra vez entorno al “Gigantesco Imán” que es la catedral. Poder leer la lectura en La Misa del Peregrino es un regalo. Uno de los mayores regalos que he tenido.
Y vuelve a “chover” en Santiago, pese al frío sol de invierno, al bajar del altar y durante toda la Comunión.
Por la tarde culmina todo. Bajo a la cripta. De hecho no bajo: mis pasos me llevan allí sin ser yo muy consciente. Y arrodillado delante del sarcófago de plata que dicen que contiene los restos del Apóstol Santiago (sea cierto o no lo que es innegable es la presencia de Padre Dios para mi aquella durísima tarde de diciembre) toda la “Lluvia salada” revienta durante horas acompañada de mocos, babas y gemidos. Toda mi vida, todo lo que he sido, soy y lo que seré a los pies Del que Amo. Nada más…y nada menos…
Si los días que caminé había “rezado con los pies” durante centenares de kilómetros, aquella dura tarde recé con las lágrimas, las babas, los mocos, los gemidos y las rodillas dormidas. Y como cada vez que la oración ha sido del mismo Padre Dios que reza a través tuyo (tú no rezas, pobre infeliz: ¿cómo puedes pensar que te diriges a Dios por tus limitados medios?), el mismo Dios que “te reza” y “te hace oración” para que seas más tú y más Él. Como siempre que es así (contadas ocasiones) la oruga que eres sale convertida en espectacular mariposa.
El resto de la tarde, tras salir de la cripta, es tranquilo. Y en Santiago cesa la lluvia hasta próximas ocasiones, que sin duda las ha habido y aún las habrá.
Por eso cada vez que escucho esta bellísima canción pienso: “Es normal. Siempre “Chove en Santiago””. Y una gota salada se desliza por las mejillas.
¡Feliz Lluvia a todos!.
15 febrero 2007
AVEN-TURA
Era mediodía cuando Paco-Me llegó a casa para almorzar como siempre.
Pero este día tenía algo de diferente. Al entrar en casa se encontró con que su mujer Noa-Cierto estaba más nerviosa que de costumbre. Se le caían las ollas de las manos y en lugar de sal tiraba pimienta en la comida. Cuando su marido le preguntó ella le dijo que acababa de llamar la tutora de su hijo, la maestra de origen árabe Reme-Mora, que siempre se acordaba de todo. Había llamado desde la escuela y sin buscar el número de teléfono. Por lo visto a su hijo de cuatro años, el pequeño Pío-Jo le habían encontrado parásitos en la cabeza.
- Pero si eso no es nada, mujer. Le ponemos Yacutín y todo arreglado.
- Sí, pero lo grave es lo otro- Dijo Noa-Cierto mientras servía la sopa en la servilleta- Lo grave es que la mayor se ha fugado y la señorita Reme-Mora cree recordar que hace unos meses le oyó decir que se iría a escalar con dos amigos suyos.
Por lo visto la mayor de los cuatro hijos del matrimonio, la guapa y exótica Ana-Purna se había ido a escalar una montaña cercana con dos de sus amigos: Pere-Grino, un adolescente senderista de Barcelona medio en babia y Ale-Jado, el chico casi autista que se sentaba al final del aula.
Paco-Me dejó la comida para después y se fue con su mujer a buscar a su hija. Al salir Noa-Cierto se estampó contra el marco de la puerta como solía hacer.
Camino de la escuela, tras saludar a su vecina la señora Bea-Ta que volvía de Misa, se encontraron con la cotilla del barrio que trabajaba de verdulera. Lía-Nta les aseguró haber visto a su hija subida en la moto del mecánico inglés Desmon-Table y haberse estrellado contra un murete cercano. Por lo visto el joven Desmon-Table se había descuajeringado las piernas, los brazos, las amígdalas y el esternón.
Los angustiados padres fueron al hospital. Allí les atendió el doctor Salva-Ndo mientras curaba a un enfermo moribundo. Este doctor desconocía tal accidente y eso que había conseguido salvarle la vida a veinte personas aquella mañana. Pero como tenía mucha gente esperando les dejó con su enfermera.
La vivaracha Respu-Esta, que siempre lo sabía todo, los tranquilizó pues estaba totalmente segura que no había habido ningún accidente.
A nuestros amigos les tocó volver a empezar la búsqueda. No sin antes pasar por la no muy limpia consulta de la doctora Macu-La ya que Noa-Cierto al caerse por las escaleras estaba algo perjudicada.
Fueron a casa de los padres de Pere-Grino. El señor Pere-Zoso como siempre estaba descansando de no hacer nada y no se levantó al oír el timbre. Abrió la puerta su sobrina Visi-Tante que estaba de paso unos días en la ciudad viendo museos. Cuando la mujer de la casa, la señora Lola-Mento se enteró, se puso a gemir y a llorar. La pobre.
Estando en esta incómoda situación llegó Pere-Grino acompañado de su amigo Juan-Ete, al que siempre le dolían los pies. Venían de clase y no sabían nada. Claro que igual se habían ido a escalar sin ellos, pues estaba Juan-Ete como para subir montañas…
Los angustiados padres de nuestra protagonista fueron a casa de su otro compañero: Ale-Jado que vivía en la otra punta de la ciudad, como era de suponer.
Mientras tanto sus otros hijos habían vuelto de la escuela. Mari-Quita se puso como cada tarde a disecar coleópteros…y a ponerlos en cajas de color rosa mientras escuchaba lo último de Madonna...
Su hermano gemelo: Quim-Ico decidió hacer uno de sus inventos para desparasitar al pequeño Pío-Jo. Siempre tenía a mano sus probetas y sus ácidos.
Pero la vecina del Quinto, la rubicunda Fina-Da, que había salido de la cárcel poco antes por haber asestado doscientas puñaladas a Tami-Zada, su tirana jefa, olió algo extraño por el patio de luces y avisó a Don Quin-Ono, el señor del tercero primera, que siempre iba en bata. Este buen hombre envió a su hija Paca-Prendas que estudiaba magisterio. Paca-Prendas se quedó con los chicos como hacía a veces; pero les dio una buena reprimenda de lo que podía pasarles si jugaban con cosas peligrosas.
Entre tanto Paco-Me y su mujer llegaron a casa de Ale-Jado. Al llamar Noa-Cierto, como era de esperar, se equivocó y en lugar de llamar al timbre llamó al buzón. Amablemente les atendió la señora Mar-Tao, buena amiga de ambos. Tenía mala cara y estaba ojerosa de haber llorado. Acababa de echar de casa a su marido el señor Teo-Dio ya que le había pillado en la cama con la secretaria aquella que siempre se reía y además era grande y peluda: Graci-Osa, creía recordar que se llamaba…Sospechaba que no era la primera vez.
No sabía nada de Ana-Purna pero Ale-Jado estaba por algún lugar de casa: perdido en su mundo.
Desolados decidieron denunciar la desaparición. Iban camino de la comisaría de policía cuando, de la tienda de animales, salió Ana-Conda con unos ratoncitos vivos para echar de comer a sus mascotas reptantes. Ana-Conda, que siseaba y escupía un poco al hablar era amiga de su hija. Les dijo que no se preocupasen que no tardaría en regresar. Por lo visto se había saltado las clases para ir a la presentación de un libro.
Y así fue.
A las diez de la noche Ana-Purna entró en casa. Explicó a su familia que había pasado aquel día de San Valentín con su novio yugoslavo Agus-Tito, con el que estaba tan bien, y con unos amigos.
Por lo visto primero habían estado con su amiga Conte-Mplando viendo la magnífica tormenta en la bahía. Se les había unido luego el novio de esta: Tedi-Viertes que se lo pasaba bien siempre con cualquier cosa y siempre les hacía reír.
Y los cuatro juntos habían ido a la presentación de la última novela de la escritora portuguesa: Sara-Mago.
Se trataba de la interesante biografía del hermano gemelo del vigésimo séptimo zar ruso, criado a escondidas en Madeira por un hijo de sangre de Vlad, el Empalador, con Esberth Bathory, escrita en clave anarco-burguesa-progre-revolucionaria-fhassion con el sucinto título:
“Pequeña memoria de Iván-Viniendo: el retorno duplicado desde la ceguera ensayada de la caverna según la lucidez de Jesucristo”.
Así pues, con las cosas aclaradas Paco-Me pidió la cena y después que Ana-Purna se hubiese quitado las chirucas y los crampones, que Mari-Quita se hubiera puesto la mascarilla hidratante de noche, que Quim-Ico hubiese recogido sus probetas y con la cabeza de Pío-Jo bien empapada en Yacutín, sentáronse a la mesa.
Como de costumbre Noa-Cierto sirvió el puré de patatas en los vasos y por el mantel. Pero no pasó nada: era lo normal.
Las cosas volvían a su sitio después de tanta aventura.
Si es que a veces la vida es tan sencilla…
…pese a Sara-Mago, por supuesto.
*- Nota: Para la confección de esta historia han sido necesarios 32 personajes ninguno de los cuales ha sido maltratado.
Ni siquiera Sara-Mago…
Pero este día tenía algo de diferente. Al entrar en casa se encontró con que su mujer Noa-Cierto estaba más nerviosa que de costumbre. Se le caían las ollas de las manos y en lugar de sal tiraba pimienta en la comida. Cuando su marido le preguntó ella le dijo que acababa de llamar la tutora de su hijo, la maestra de origen árabe Reme-Mora, que siempre se acordaba de todo. Había llamado desde la escuela y sin buscar el número de teléfono. Por lo visto a su hijo de cuatro años, el pequeño Pío-Jo le habían encontrado parásitos en la cabeza.
- Pero si eso no es nada, mujer. Le ponemos Yacutín y todo arreglado.
- Sí, pero lo grave es lo otro- Dijo Noa-Cierto mientras servía la sopa en la servilleta- Lo grave es que la mayor se ha fugado y la señorita Reme-Mora cree recordar que hace unos meses le oyó decir que se iría a escalar con dos amigos suyos.
Por lo visto la mayor de los cuatro hijos del matrimonio, la guapa y exótica Ana-Purna se había ido a escalar una montaña cercana con dos de sus amigos: Pere-Grino, un adolescente senderista de Barcelona medio en babia y Ale-Jado, el chico casi autista que se sentaba al final del aula.
Paco-Me dejó la comida para después y se fue con su mujer a buscar a su hija. Al salir Noa-Cierto se estampó contra el marco de la puerta como solía hacer.
Camino de la escuela, tras saludar a su vecina la señora Bea-Ta que volvía de Misa, se encontraron con la cotilla del barrio que trabajaba de verdulera. Lía-Nta les aseguró haber visto a su hija subida en la moto del mecánico inglés Desmon-Table y haberse estrellado contra un murete cercano. Por lo visto el joven Desmon-Table se había descuajeringado las piernas, los brazos, las amígdalas y el esternón.
Los angustiados padres fueron al hospital. Allí les atendió el doctor Salva-Ndo mientras curaba a un enfermo moribundo. Este doctor desconocía tal accidente y eso que había conseguido salvarle la vida a veinte personas aquella mañana. Pero como tenía mucha gente esperando les dejó con su enfermera.
La vivaracha Respu-Esta, que siempre lo sabía todo, los tranquilizó pues estaba totalmente segura que no había habido ningún accidente.
A nuestros amigos les tocó volver a empezar la búsqueda. No sin antes pasar por la no muy limpia consulta de la doctora Macu-La ya que Noa-Cierto al caerse por las escaleras estaba algo perjudicada.
Fueron a casa de los padres de Pere-Grino. El señor Pere-Zoso como siempre estaba descansando de no hacer nada y no se levantó al oír el timbre. Abrió la puerta su sobrina Visi-Tante que estaba de paso unos días en la ciudad viendo museos. Cuando la mujer de la casa, la señora Lola-Mento se enteró, se puso a gemir y a llorar. La pobre.
Estando en esta incómoda situación llegó Pere-Grino acompañado de su amigo Juan-Ete, al que siempre le dolían los pies. Venían de clase y no sabían nada. Claro que igual se habían ido a escalar sin ellos, pues estaba Juan-Ete como para subir montañas…
Los angustiados padres de nuestra protagonista fueron a casa de su otro compañero: Ale-Jado que vivía en la otra punta de la ciudad, como era de suponer.
Mientras tanto sus otros hijos habían vuelto de la escuela. Mari-Quita se puso como cada tarde a disecar coleópteros…y a ponerlos en cajas de color rosa mientras escuchaba lo último de Madonna...
Su hermano gemelo: Quim-Ico decidió hacer uno de sus inventos para desparasitar al pequeño Pío-Jo. Siempre tenía a mano sus probetas y sus ácidos.
Pero la vecina del Quinto, la rubicunda Fina-Da, que había salido de la cárcel poco antes por haber asestado doscientas puñaladas a Tami-Zada, su tirana jefa, olió algo extraño por el patio de luces y avisó a Don Quin-Ono, el señor del tercero primera, que siempre iba en bata. Este buen hombre envió a su hija Paca-Prendas que estudiaba magisterio. Paca-Prendas se quedó con los chicos como hacía a veces; pero les dio una buena reprimenda de lo que podía pasarles si jugaban con cosas peligrosas.
Entre tanto Paco-Me y su mujer llegaron a casa de Ale-Jado. Al llamar Noa-Cierto, como era de esperar, se equivocó y en lugar de llamar al timbre llamó al buzón. Amablemente les atendió la señora Mar-Tao, buena amiga de ambos. Tenía mala cara y estaba ojerosa de haber llorado. Acababa de echar de casa a su marido el señor Teo-Dio ya que le había pillado en la cama con la secretaria aquella que siempre se reía y además era grande y peluda: Graci-Osa, creía recordar que se llamaba…Sospechaba que no era la primera vez.
No sabía nada de Ana-Purna pero Ale-Jado estaba por algún lugar de casa: perdido en su mundo.
Desolados decidieron denunciar la desaparición. Iban camino de la comisaría de policía cuando, de la tienda de animales, salió Ana-Conda con unos ratoncitos vivos para echar de comer a sus mascotas reptantes. Ana-Conda, que siseaba y escupía un poco al hablar era amiga de su hija. Les dijo que no se preocupasen que no tardaría en regresar. Por lo visto se había saltado las clases para ir a la presentación de un libro.
Y así fue.
A las diez de la noche Ana-Purna entró en casa. Explicó a su familia que había pasado aquel día de San Valentín con su novio yugoslavo Agus-Tito, con el que estaba tan bien, y con unos amigos.
Por lo visto primero habían estado con su amiga Conte-Mplando viendo la magnífica tormenta en la bahía. Se les había unido luego el novio de esta: Tedi-Viertes que se lo pasaba bien siempre con cualquier cosa y siempre les hacía reír.
Y los cuatro juntos habían ido a la presentación de la última novela de la escritora portuguesa: Sara-Mago.
Se trataba de la interesante biografía del hermano gemelo del vigésimo séptimo zar ruso, criado a escondidas en Madeira por un hijo de sangre de Vlad, el Empalador, con Esberth Bathory, escrita en clave anarco-burguesa-progre-revolucionaria-fhassion con el sucinto título:
“Pequeña memoria de Iván-Viniendo: el retorno duplicado desde la ceguera ensayada de la caverna según la lucidez de Jesucristo”.
Así pues, con las cosas aclaradas Paco-Me pidió la cena y después que Ana-Purna se hubiese quitado las chirucas y los crampones, que Mari-Quita se hubiera puesto la mascarilla hidratante de noche, que Quim-Ico hubiese recogido sus probetas y con la cabeza de Pío-Jo bien empapada en Yacutín, sentáronse a la mesa.
Como de costumbre Noa-Cierto sirvió el puré de patatas en los vasos y por el mantel. Pero no pasó nada: era lo normal.
Las cosas volvían a su sitio después de tanta aventura.
Si es que a veces la vida es tan sencilla…
…pese a Sara-Mago, por supuesto.
*- Nota: Para la confección de esta historia han sido necesarios 32 personajes ninguno de los cuales ha sido maltratado.
Ni siquiera Sara-Mago…
13 febrero 2007
MORAS Y MANZANAS VOLVIENDO DEL RÍO

Septiembre 2006
Cuando éramos niños y adolescentes, allá en el Pueblo de los Lobos, las tardes de verano se pasaban en el río.
A las cuatro bajábamos a pozas de gélidas aguas en pleno mes de julio. Chapoteábamos sin parar y aprendíamos a medio nadar.
De vuelta, cuando se ponía el sol y medio desmayados por el desgaste de energía, nos dábamos el atracón de moras de zarza y de manzanas, peras y uvas verdes convenientemente robadas en los huertos (eso sí, procurando no pisar los sembrados).
Al llegar a casa un bocadillo de chorizo o de nocilla y a ir con las bicis hasta la noche.
Después de cenar íbamos al “Teleclub”. Los mayores (y nosotros cuando lo fuimos) poníamos música en un viejo tocadiscos o un radiocasette y bailábamos. Las más de las veces acabábamos jugando por el pueblo al escondite entre los huertos o, de adolescentes ya, salíamos a pasear por la vieja carretera para contar historias sentados en medio de la oscuridad de las noches veraniegas, bajo un impresionante cielo estrellado que contemplábamos maravillados.
No fui niño en la prehistoria pero en poco tiempo han cambiado tanto…
Los niños que están en El Pueblo de los Lobos ya no roban manzanas verdes y eso es preocupante…
Los niños de hoy bajan al río tarde. Antes de ir pasan por la tienda de donde salen cargados con grandes bolsas de chucherías. Muchos ya ni siquiera van porque encuentran el agua muy fría.
Les ves sentados en el prado un rato, no demasiado, jugando con los teléfonos y los videojuegos .
Regresan aún con el sol alto y se van a conectarse a Internet. Y, en el colmo del absurdo, a mirar fotos de rincones del Pueblo desde un ordenador…ellos que lo tienen al lado, pero como se cansan, les da el sol o lo que sea no van…
Y las manzanas y las moras se mueren de asco sin que nadie las recoja o las robe, porqué los padres modernos, que tanto se quejan del poco dinero, lo sueltan a espuertas para “sanas chucherías”…
Por la noche los ves a las puertas del Teleclub bebiendo como cosacos, sentados; siempre sentados. Jugando con los videojuegos malditos y los malditos teléfonos.
Poniéndose bordes con algún adulto. Sabiendo que nadie les va a soltar el guantazo que quizá merecen.
A veces pasas al lado de un grupo y están en silencio: cada uno con su aparatito. Juntos y lejanos. En galaxias perdidas de lucecitas artificiales. Perdiéndose las constelaciones reales de estrellas vivas que titilan sobre sus cabezas…
Las niñas pintadas como puertas…o más que furcias. Los niños con la pose de garrulo matón que por lo visto es lo que mola a las hembritas de más tetas que dientes.
Todos con extrañas ropas: ellas pantalones sin cintura y tangas de cuello vuelto entre michelines de gominola, de muchas gominolas…Ellos con cada pelo artificiosamente engominado, pantalones imposibles que obligan a caminar como macarras que han perdido el caballo y con esas camisetas falsas tan feas que quieren recordar a la ordinariez cutre de las de Custo.
Todos queriendo jugar a ser adultos sin haber jugado a ser niños...
Y las manzanas y las moras se hastían las noches fabulosas de estrellas en el Pueblo de los Lobos, sin que ningún niño las recoja ni las robe. Y las estrellas se empeñan en brillar para unos niños que sólo saben mirar hacia abajo a las limitadas pantallas artificiales perdiéndose la belleza del infinito sobre sus cabezas.
La noche de San Lorenzo regresaba a casa tarde. El grupito de púberes sentado en los bancos y las escaleras, con sus maquinitas. Una estrella fugaz recorrió el firmamento y no la vieron ensimismados como estaban con los aparatitos.
Sentí pena por ellos y pensé en gritarles que se dejaran de majaderías que fueran a pisar los huertos y a dejarse empapar por la lluvia celeste.
Pero no lo hubiesen entendido…
Comprendí por qué se llaman “Lágrimas de San Lorenzo” . El firmamento entero se conmueve cuando un niño no se sobrecoge ante su magnificencia.
Y las estrellas, las manzanas y las moras siguen gritando y llorando cada día y cada noche. Cada vez que esos jóvenes pierden tiempo y vista mirando una máquina y la salud comiendo porquerías.
Que malo es el dinero cuando no se sabe educar…
Yo debo ser raro porque a la vuelta del río las tardes de verano sigo dándome atracones de dulces moras de zarza y sigo robando manzanas verdes ( a veces me las voy a “robar” a mi mismo: a mis manzanos…) como antaño.
No por sentirme niño, que no lo soy ni quiero, sino por sentirme vivo.
Y por las noches sigo contemplando extasiado las estrellas que me hacen guiños; felices de que alguien se sobrecoja ante su magnificencia.
Y…sinceramente doy gracias a Dios por no ser niño ahora, por no haber nadado en la abundancia material y sí en la auténtica. Y por haber tenido una familia que me enseño a valorar lo que realmente importa.
¡Que bien saben las moras y las manzanas verdes robadas cuando vuelves del río!.
*- Foto: “Racimo de moras de zarza en los huertos del pueblo”. Septiembre 2006. ©- Lobogrino.
Cuando éramos niños y adolescentes, allá en el Pueblo de los Lobos, las tardes de verano se pasaban en el río.
A las cuatro bajábamos a pozas de gélidas aguas en pleno mes de julio. Chapoteábamos sin parar y aprendíamos a medio nadar.
De vuelta, cuando se ponía el sol y medio desmayados por el desgaste de energía, nos dábamos el atracón de moras de zarza y de manzanas, peras y uvas verdes convenientemente robadas en los huertos (eso sí, procurando no pisar los sembrados).
Al llegar a casa un bocadillo de chorizo o de nocilla y a ir con las bicis hasta la noche.
Después de cenar íbamos al “Teleclub”. Los mayores (y nosotros cuando lo fuimos) poníamos música en un viejo tocadiscos o un radiocasette y bailábamos. Las más de las veces acabábamos jugando por el pueblo al escondite entre los huertos o, de adolescentes ya, salíamos a pasear por la vieja carretera para contar historias sentados en medio de la oscuridad de las noches veraniegas, bajo un impresionante cielo estrellado que contemplábamos maravillados.
No fui niño en la prehistoria pero en poco tiempo han cambiado tanto…
Los niños que están en El Pueblo de los Lobos ya no roban manzanas verdes y eso es preocupante…
Los niños de hoy bajan al río tarde. Antes de ir pasan por la tienda de donde salen cargados con grandes bolsas de chucherías. Muchos ya ni siquiera van porque encuentran el agua muy fría.
Les ves sentados en el prado un rato, no demasiado, jugando con los teléfonos y los videojuegos .
Regresan aún con el sol alto y se van a conectarse a Internet. Y, en el colmo del absurdo, a mirar fotos de rincones del Pueblo desde un ordenador…ellos que lo tienen al lado, pero como se cansan, les da el sol o lo que sea no van…
Y las manzanas y las moras se mueren de asco sin que nadie las recoja o las robe, porqué los padres modernos, que tanto se quejan del poco dinero, lo sueltan a espuertas para “sanas chucherías”…
Por la noche los ves a las puertas del Teleclub bebiendo como cosacos, sentados; siempre sentados. Jugando con los videojuegos malditos y los malditos teléfonos.
Poniéndose bordes con algún adulto. Sabiendo que nadie les va a soltar el guantazo que quizá merecen.
A veces pasas al lado de un grupo y están en silencio: cada uno con su aparatito. Juntos y lejanos. En galaxias perdidas de lucecitas artificiales. Perdiéndose las constelaciones reales de estrellas vivas que titilan sobre sus cabezas…
Las niñas pintadas como puertas…o más que furcias. Los niños con la pose de garrulo matón que por lo visto es lo que mola a las hembritas de más tetas que dientes.
Todos con extrañas ropas: ellas pantalones sin cintura y tangas de cuello vuelto entre michelines de gominola, de muchas gominolas…Ellos con cada pelo artificiosamente engominado, pantalones imposibles que obligan a caminar como macarras que han perdido el caballo y con esas camisetas falsas tan feas que quieren recordar a la ordinariez cutre de las de Custo.
Todos queriendo jugar a ser adultos sin haber jugado a ser niños...
Y las manzanas y las moras se hastían las noches fabulosas de estrellas en el Pueblo de los Lobos, sin que ningún niño las recoja ni las robe. Y las estrellas se empeñan en brillar para unos niños que sólo saben mirar hacia abajo a las limitadas pantallas artificiales perdiéndose la belleza del infinito sobre sus cabezas.
La noche de San Lorenzo regresaba a casa tarde. El grupito de púberes sentado en los bancos y las escaleras, con sus maquinitas. Una estrella fugaz recorrió el firmamento y no la vieron ensimismados como estaban con los aparatitos.
Sentí pena por ellos y pensé en gritarles que se dejaran de majaderías que fueran a pisar los huertos y a dejarse empapar por la lluvia celeste.
Pero no lo hubiesen entendido…
Comprendí por qué se llaman “Lágrimas de San Lorenzo” . El firmamento entero se conmueve cuando un niño no se sobrecoge ante su magnificencia.
Y las estrellas, las manzanas y las moras siguen gritando y llorando cada día y cada noche. Cada vez que esos jóvenes pierden tiempo y vista mirando una máquina y la salud comiendo porquerías.
Que malo es el dinero cuando no se sabe educar…
Yo debo ser raro porque a la vuelta del río las tardes de verano sigo dándome atracones de dulces moras de zarza y sigo robando manzanas verdes ( a veces me las voy a “robar” a mi mismo: a mis manzanos…) como antaño.
No por sentirme niño, que no lo soy ni quiero, sino por sentirme vivo.
Y por las noches sigo contemplando extasiado las estrellas que me hacen guiños; felices de que alguien se sobrecoja ante su magnificencia.
Y…sinceramente doy gracias a Dios por no ser niño ahora, por no haber nadado en la abundancia material y sí en la auténtica. Y por haber tenido una familia que me enseño a valorar lo que realmente importa.
¡Que bien saben las moras y las manzanas verdes robadas cuando vuelves del río!.
*- Foto: “Racimo de moras de zarza en los huertos del pueblo”. Septiembre 2006. ©- Lobogrino.
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