
Foto: nudo de “cierto Roble perdido”. ©-Lobogrino
De nuevo el aprendiz de brujo regresó, tras meses fuera de la aldea, una fría noche de invierno bajo las suaves ramas del milenario Tejo del Sagrado. Al entrar bajo el círculo de ramas colgantes una vez más las sintió como los amorosos dedos del Buen Dios acariciando su cabeza.
Al tocar el tronco, el agrio aroma de la negra y viscosa savia viva le embriagó y le hizo pensar que no todo es bello, ni siquiera en la amada naturaleza. Aquel olor dulzón y agrio, a la vez que desagradable, tenía algo de necesario y atrayente. Era el contrapunto a la belleza: la muerte que alimenta a la vida. Toda esa fuerza y esa vida llegaban desde la tierra y desde el Tejo al frágil hombre deseoso de comprender.
Al día siguiente fue otra vez al viejo Castro Celta. Ya intuía lo que había en aquel recodo del río; ya conocía la energía que emanaba de aquel mágico y ancestral lugar; y ya sabía la misión que le encomendaba: desentrañar sus secretos. Pero eso sería más adelante. Aquella gris tarde invernal sólo tenía que contemplar. Se sentó en una piedra frente a la muralla de piedras derruida y contempló durante horas. En su abstracción, y sin dejar de mirar el lugar, viajó al pasado. Y los vio y los oyó. Incluso en alguna ocasión se apartó para dejarlos pasar con sus canastas de mimbre cargadas de piedras, le llegaron a rozar con sus vestidos de esparto y sintió su perfume, oyó sus voces…Sin duda su misión empezaba…
Por la noche subió a La Lobera. Apenas llevaba la tenue luz de una vieja linterna y los 500 metros de ascenso que conocía a la perfección se convirtieron en un todo un calvario.
La fuerza que sentía en La Lobera era la tranquila energía de sus antepasados…y de sí mismo….La total certeza de que hiciese lo que hiciese y viviese donde viviese sus raíces, su refugio y su propia alma siempre pertenecían a aquel lugar.
En La Lobera, pisando la tierra y caminando por la pared de granito se sentía anclado como un libre y majestuoso roble dominando el valle. Aquella oscura y fría noche, el pueblo era la nota de luz a sus pies. Desde la cima de La Lobera el aprendiz de brujo estrechó entre sus brazos la minúscula aldea y se sintió más unido que nunca a los suyos y a su propia historia.
Días después regresó al claro del bosque donde estaba el viejo roble amado. Esta vez no pensaba en dificultades: si tenía que llegar llegaría…Y de nuevo recibió una lección.
Esta vez el mensaje del roble fue: “Ya sabes donde estoy. Si quieres visitarme ven por tus propios medios”. Y no fue fácil.
En esta ocasión no se perdió. En seguida situó el claro del bosque pero debía atravesar unos arbustos y unos matorrales que le impedían el paso. Había llovido y el monte estaba empapado y resbaladizo. Atravesando la muralla de arbustos cayó dentro de unos matorrales medio colgados en la pendiente del monte.
La sensación era la de estar en una especie de cama blanda pero no podía avanzar ni moverse. Y claro, le dio por reír. La situación era cuanto menos embarazosa. Si al menos pudiese dejarse deslizar hasta el suelo, pero la vegetación, demasiado tupida, se lo impedía. Imaginó que se hacía de noche y que moría congelado allí y todavía se rió más: era absurdo. Si hay maneras tontas de morir aquella era una de ellas. Pero como le había indicado El Roble tenía que llegar por sus propias fuerzas.
Logró medio izarse y arrastrándose por las ramas mojadas, salir empapado de la enmarañada vegetación.
Llegó al claro y subió hasta el roble. Lo abrazó y hundió su cara en el mullido, fresco y aromático musgo de la corteza. Se dejó empapar por la vida que ascendía de la tierra y de cada ser que la poblaba en aquel recóndito e impenetrable claro. Sus barbas estaban mojadas del agua y la savia vivas que manaba del musgo y de la corteza.
El Roble le habló al alma: le contó secretos que sólo podían conocer ellos dos. El aprendiz de brujo subió al nudo del tronco y durante horas, subido entre las ramas del viejo roble, contempló la viva quietud del bosque: las ramas mecidas por el viento, algún corzo que, majestuoso, cruzaba el claro, varios jabalís hozando en el suelo en busca de raíces, el sonido del musgo, de los líquenes y la hierba fresca junto a las fuentes del claro, el cuco jugando al escondite con cualquiera que le prestaba atención…
Le apenó tener que abandonar aquel lugar. Pero el Gran Roble le explicó que volverían a verse y que siempre estarían el uno en el corazón del otro.
El aprendiz de brujo, en los días siguientes, siguió recorriendo sus lugares y hablando con su gente; visitando los bosques de robles y de castaños, de genista y brezo, bebiendo a morro gélida agua cristalina de las fuentes, de los regatos y de los caminos. Regresó al bosque de su madre, aquel que le gustaba tanto a Bruja, aquel recóndito y mágico lugar dónde sólo se oía el bramido del majestuoso río y los miles de sonidos de la tierra. Aquel fascinante espacio que olía a dulce humus y que le hacía sentirse en la protección de casa. Aquel bosque amado donde el tiempo, el espacio y las preocupaciones desaparecían para convertirse en vida auténtica y tranquilidad infinita.
Más de una vez, en sus correrías invernales por los montes topó con algún jabalí que descansaba entre unas genistas para susto de ambos, o con grupos de veloces corzos que saltaban a su paso entre los matorrales.
El día antes de su regreso a la ciudad ocurrió algo extraño.
A mediodía, haciendo recados por la aldea, pasó junto al Sagrado del Templo. Se acercó distraídamente al tejo joven. Aquel que unos pocos años atrás había plantado su viejo amigo sacerdote y que los adolescentes descerebrados se empeñaban en no dejar crecer cortándole la punta. El aprendiz de brujo acarició sus pequeñas hojas mientras miraba el Viejo Tejo Milenario situado a pocos metros.
En ese momento se vio a si mismo mil años después: allí, acariciando el tronco del árbol: el pequeño tejo, mil años después se ha convertido en un enorme y viejo tejo milenario y del Gran tejo actual sólo queda un tocón de un metro de altura.
Esa sensación extraña le reconfortó. No lo había imaginado, no estaba pensando en nada. Y había ocurrido. Supo que mil años después volvería a estar allí acariciando sus árboles: las fuentes que le regalaban la vida de la Madre Tierra y le acercaban al Padre Dios.
Y volvió a la ciudad feliz sabiendo que siempre regresaría a Su Lugar.
…Incluso después de mil años…