BIENVENID@

"Que los caminos se abran siempre a tu encuentro, que el viento sople siempre a tu espalda, que el sol brille templado sobre tu rostro, que la lluvia caiga suave sobre tus campos. Y que, hasta que volvamos a encontrarnos...Dios te guarde en la palma de su mano". (Bendición Celta)

14 diciembre 2011

ANDRESÍN PIES PLANOS

Andresín era un niño regordete y rubio, alegre y sano.
Andresín vivía en una aldea idílica de un valle perdido entre lejanas montañas.
Andresín era feliz. Pero tenía los pies planos. Se lo dijo el médico a su madre un día que esta se extrañó porque el niño empezaba a caminar de forma un tanto extraña.
Con los pies planos Andresín seguía siendo un niño regordete y rubio, alegre y sano. Pero empezó a ser un niño “diferente”: tener los pies planos era un drama: no podría caminar bien, no iría a la mili y siempre llevaría el cartel de “pies planos” pegado a su frente…ser diferente era malo.
Los padres de Andresín, que tanto querían a dos sus hijos (tenían también una inteligente y guapa niña de fuerte carácter llamada Marta ), desde el momento que se enteraron del problema de su hijo pusieron todos los medios para solucionarlo, pese a que eran pobres. Buscaron tratamiento, pero en aquella época apenas había “médicos que curasen pies” y les resultó muy difícil. Siguieron buscando hasta que dieron con uno en Arcaica, una vieja ciudad a casi trescientos kilómetros de la aldea.
Desde ese momento, con cuatro años, la vida de Andresín cambió. No podía hacer las cosas que hacían los demás niños de su edad: saltar, escalar montañas, trepar a los árboles, jugar al fútbol. Cuando en invierno nevaba, mientras los demás niños de la aldea jugaban con la nieve, Andresín tenía que conformarse con mirar desde la ventana.
Tenía que llevar unas incómodas botas ortopédicas que se rompían casi con mirarlas y dentro de ellas unas plantillas hechas a medida cada seis meses, que también se rompían fácilmente y además eran muy caras.
Seguía siendo feliz, alegre y sano; pero de la misma manera que su cuerpo cambió y se volvió delgaducho y su pelo se oscureció hasta el color castaño, su ánimo también varió.
Andresín se tornó tímido, introvertido y solitario.
La primera vez que el podólogo tocó sus piececitos se molestó mucho y dijo a su mamá indignado:
- “¡Los médicos de Arcaica son unos marranos!”.
De todas formas su instinto de supervivencia prevalecía y continuó “capeando el temporal de la vida” teniendo la infancia feliz que todo niño merece.
Se acostumbró a las plantillas, que durante años le hicieron un doloroso callo en la planta del pie, se acostumbró a los apretados y feos zapatos ortopédicos que se rompían con nada. Se acostumbró a caminar de puntillas por el comedor de casa cada tarde durante la media hora que duraba el Telediario, bajo la vigilante mirada de su hermana Marta o de sus padres. Aquella era la terapia que mandaba el podólogo.
Y se llegó a acostumbrar a otras cosas más dolorosas que unos zapatos que oprimen los pies.
Como no podía jugar con los niños y las niñas le parecían tontas (cosa normal en cualquiera de su edad) estaba con los adultos. Les escuchaba y se sentía escuchado; sobre todo por los abuelos del pueblo. Además él tenía el mejor abuelo del mundo que le enseñaba los nombres de las plantas, de los insectos y le contaba mil historias reales que sonaban a leyenda. Con su manita agarrada al dedo de su abuelo mientras le contaba cosas se sentía libre y feliz.
Cuando los adultos tenían quehaceres Andresín caminaba durante horas por los montes y se embelesaba con el aroma de las plantas o las evoluciones de los insectos y de los pájaros.
Tenía amigos y les quería pero sabía que había momentos en los que no podía estar con ellos. Aunque cuando iban en bici siempre era el primero en apuntarse.
Pero claro, no todo es idílico. Como muchas veces no jugaba con los otros niños, y se enfadaba si rompían nidos de golondrina. Como pasaba tiempo solo y tenía un lenguaje de adulto para su edad, pronto empezaron a llamarle “marica”. Al principio le molestó, pero luego dejó de darle importancia:
- Total tener los pies planos tampoco es tan malo. Cuando se curen dejarán de llamarme esas cosas.
Lo que el ingenuo Andresín ignoró durante casi toda su infancia era que “maricón” no significa “tener los pies planos”…(¿o sí?)…
Lo que más le dolía era que le dijesen que no caminaba bien o que no podría caminar “como es debido” y que siempre andaría como un pato.
Por eso nuestro amiguito se esforzaba por caminar mucho y por demostrar y demostrarse que era capaz de andar más y mejor que nadie.
A los doce o trece años con los cambios propios de la pubertad se enteró de que la palabra odiada con la que algunas personas le herían de niño tenía “otro significado” y pensó con hilaridad:
- “¡Si supiesen que tenían razón sin saberlo!”. Esa fue su venganza: reírse de quien le marginó por diferente y pensando hacer más daño no se equivocó mientras él no sabía de que iba el tema.
El joven Andrés, diría más tarde:
- “En el fondo tenían razón: un pies planos de la época, era un maricón: ambos estaban marginados y excluidos”.

El adolescente Andrés, ya con una oscura sombra en el bigote y con voz de pollo de corral, gustaba de recorrer montes con las zapatillas que le dejaron ponerse por vez primera a los catorce años. Y pasar días enteros solo por los montes nevados con sus botas de goma (hasta los 12 años no pudo hacerlo).
Había aprendido de su infancia a valorar cada brizna de hierba o cada aliento de viento del bosque. Había aprendido a observar, a escuchar y respetar a los mayores. Había aprendido a oler los mil aromas de la naturaleza y escuchar sus mil sonidos. A encontrar valores en el que es diferente. A ser independiente y crear sus propias diversiones sin la gregariedad de un grupo.
También, por supuesto, a detestar el fútbol y los deportes, a pasar de competiciones y demostraciones absurdas de valor, u hombría, a no soportar las grandes concentraciones de gente ruidosa, a tener ideas propias sin importarle si eran o no bien vistas: tenía asumido que era “el raro oficial” y eso le daba libertad.
Y sobre todo aprendió a caminar sin tener que pensar que había tenido los pies planos.
A los dieciséis años el podólogo le dio el alta: ¡Ya estaba curado!. El esfuerzo de sus padres y el suyo propio habían tenido recompensa.
Y ese mismo año su vida dio un cambio radical: se marchó de la aldea con su familia a vivir a otro lugar y empezar otra vida.

Años más tarde el adulto Andrés, con barba y alguna incipiente cana, volvió para pasar una larga temporada a la aldea. Siempre que podía caminaba durante horas, cual corzo, por los bosques, en los que de niño había aprendido toda una forma de ser y de ver la vida.
Un día cogió una mochila y se fue caminando al Campo de Estrellas y al Fin de la Tierra, para cierta admiración de algunos que pensaron en el niño regordete que no quería caminar de por vida como un pato.
A la vuelta alguien le dijo:
- “Parece mentira que con lo que caminas, de niño tuvieras los pies planos.
- Tuve los pies planos, sí, pero gracias a Dios no tenía plano el cerebro”.

Y con sonrisa sardónica pensó:
- “Benditos pies planos que abrieron un ventanal de sensibilidad y de diferencia felices cuando tras la vieja puerta me esperaba mediocre normalidad”.
Cuando el hombre cierra una puerta Dios abre una ventana…para tirarse de pies…y ser feliz.